La mujer de la nueva sociedad será plenamente independiente en lo social y lo económico, no estará sometida lo más mínimo a ninguna dominación ni explotación. Por un mundo mejor, con justicia y dignidad para todos los seres humanos.
Su vida ajena a
las convenciones causó escándalo y silenció durante mucho tiempo sus libros,
hoy básicos en la reivindicación de los derechos de la mujer.
En una época en la
que el campo de juego estaba más que limitado para las mujeres, Mary
Wollstonecraft buscó desde muy pronto crear sus propias reglas. Nacida en
1759 en Spitalfields (hoy un barrio de Londres), a su condición
femenina, que la dejaba fuera de cualquier formación intelectual, se sumó
un padre tirano y derrochador que dilapidó la herencia que hubiera podido
corresponder a sus hijos.
Wollstonecraft
tuvo que buscar desde muy joven trabajos como cuidadora o institutriz. Ahí
conoció los libros que se publicaban en aquellos años destinados a que las
niñas aprendieran lo, más bien poco, que se esperaba de ellas. Eso la
llevó a escribir sus primeros libros, literatura infantil y manuales de
conducta en los que, tímidamente, comenzaba a asomar su pensamiento liberal.
En 1787, después
del impacto que le supuso la pérdida de su gran amiga Fanny Blood,
fallecida durante el parto, tomó una arriesgada decisión: convertirse en
escritora profesional. Algo que, si ya era complicado para un hombre, para
una mujer era poco menos que una utopía.
Consiguió trabajo
en la editorial del liberal Joseph Johnson, y allí tradujo varias de las
obras que estaban sembrando la polémica en Europa, nacidas de la conmoción que
traería consigo la Revolución Francesa. De hecho, consiguió una gran
repercusión cuando escribió Vindicación de los derechos del hombre (1790)
para responder a la visión crítica con lo que ocurría en Francia defendida
por Edmund Burke.
Pero eso no fue
nada comparado con lo que supuso Vindicación de los derechos de la
mujer (1792), donde defendía que si la mujer era más débil o menos hábil
para los asuntos públicos, no se debía a ninguna inferioridad congénita, sino a
que simplemente no se le permitía acceder a la educación en igualdad de
condiciones que los hombres. Algo que, afirmaba, sólo se evitaría con la
implantación de la educación mixta. Para ella, el matrimonio era un mero
contrato de compra por parte del hombre, pues en ningún caso existía una
relación de igualdad entre las dos partes.
Si sus opiniones
levantaban escándalo, su comportamiento vital, liberado de cualquier
convencionalismo, no le iba a la zaga: fascinada por el artista Henry
Fuseli, llegó a proponerle a él y a su mujer una relación abierta en la que los
tres convivieran bajo el mismo techo, lo que fue rechazado por el matrimonio.
Quizá fue ese
desengaño el que le hizo tomar la sorprendente decisión de viajar sola a
Francia en 1792, justo cuando la Revolución se radicalizaba y se dirigía hacia
el Terror. Allí se unió a los ingleses expatriados que seguían defendiendo la
causa, y fue testigo del ajusticiamiento del rey, algo que la impresionó
profundamente. Cuando Inglaterra declaró la guerra a Francia, el
Gobierno jacobino prohibió la salida de cualquier extranjero; Wollstonecraft,
cercana a los girondinos, vio cómo su situación peligraba por momentos.
Entonces conoció
a Gilbert Imlay, un aventurero norteamericano con el que vivió una
apasionada relación. Con él tuvo a su primera hija, Fanny Imlay; para
protegerla, inscribió a Mary como su mujer ante la embajada estadounidense.
Pero la relación terminó, y para cuando Wollstonecraft regresó en 1795, una
profunda depresión la llevó a intentar suicidarse dos veces.
Para intentar
superarla, se trasladó con su hija a Escandinavia, donde se ocupó de
varios negocios de Imlay. Fruto de esa estancia, escribió Cartas de una
breve estancia en Suecia, Noruega y Dinamarca, donde mezclaba el impacto
que le produjeron la naturaleza y la sociedad nórdica con los sufrimientos
de su relación con Imlay.
A su vuelta a
Londres, Wollstonecraft comenzó una relación con William Godwin, un
filósofo precursor del anarquismo, que había quedado prendado de ella al leer
las Cartas. Ella se quedó embarazada y decidieron casarse para
proteger al futuro bebé, aunque cuando la sociedad descubrió que no estaba
casada con Imlay se produjo un escándalo. Ella y Godwin se instalaron en
viviendas adyacentes para mantener la independencia de cada uno, y llegaron
a comunicarse por carta.
Parecía que
Wollstonecraft por fin había encontrado la estabilidad, pero fue un espejismo.
El 30 de agosto de 1797 dio a luz a su segunda hija, Mary, la futura autora
de Frankenstein con el nombre de Mary Shelley. Las complicaciones del
parto la llevaron a la muerte poco después, el 10 de septiembre. Arrasado por
la pena, Godwin pretendió homenajearla publicando poco después una biografía
que exponía sin tapujos todas sus vicisitudes personales e intelectuales.
Para su sorpresa,
la reacción fue una polémica sin precedentes, y durante décadas fueron los
azares de su vida lo único que se recordó de Wollstonecraft: toda su obra quedó
eclipsada por el escándalo. No fue hasta que figuras como Virginia Woolf y el
movimiento feminista la redescubrieron que se convirtió en la pionera
defensora de los derechos de la mujer que es hoy.
La Segunda
República Española, proclamada en 1931, supuso el mayor intento reformista en
la historia de España hasta aquel momento. Entre las propuestas progresistas se
encontraba la de extender el derecho de voto a las mujeres, una reivindicación
liderada por la abogada Clara Campoamor.
Resolved lo que
queráis, pero afrontando la responsabilidad de dar entrada a esa mitad de
género humano en política, para que la política sea cosa de dos, porque solo
hay una cosa que hace un sexo solo: alumbrar; las demás las hacemos todos en
común, y no podéis venir aquí vosotros a legislar, a votar impuestos, a dictar
deberes, a legislar sobre la raza humana, sobre la mujer y sobre el hijo,
aislados, fuera de nosotras”. Era el año 1935 cuando Clara Campoamor escribía
estas palabras en El voto femenino y yo: mi pecado mortal, una obra en la
que exponía la lucha por el derecho de voto de las mujeres y en la que
había invertido muchas horas los años anteriores. En diciembre de 1931 había
sido aprobada la nueva Constitución que reconocía ese derecho, un triunfo
logrado tras muchas dificultades y decepciones.
UNA VIDA DE
MILITANCIA POLÍTICA
Nacida en Madrid
el 12 de febrero de 1888, Clara Campoamor tuvo que abrirse paso desde muy
pequeña en una sociedad especialmente dura para las mujeres: la muerte de su
padre la obligó a empezar a trabajar cuando apenas tenía diez años. Clara
Campoamor consiguió un trabajo como profesora de mecanografía con solo 26 años.
Fue precisamente
en esta época cuando Clara empezó a frecuentar los ambientes intelectuales
madrileños y entró en contacto con activistas feministas como la
sufragista Carmen de Burgos. También empezó a escribir para el diario
conservador La Tribuna, donde conocería a su futura compañera en las
Cortes Españolas, Eva Nelken. Todo ello despertó en ella el interés por la
política y en particular por la situación de la mujer. Empezó a colaborar en
diversas asociaciones feministas, dando conferencias y escribiendo para la
prensa.
Aunque el
activismo feminista estaba presente en las grandes ciudades como Madrid y
Barcelona, se trataba mayoritariamente de agrupaciones de carácter profesional
y académico. La propia Campoamor, que se había licenciado en Derecho y había
sido la segunda mujer en ingresar al Colegio de Abogados de Madrid después de
Victoria Kent, participó en la fundación de dos de estas agrupaciones: la
Federación Internacional de Mujeres de Carreras Jurídicas y el Instituto
Internacional de Uniones Intelectuales.
EL SALTO A LA
POLÍTICA
Sin embargo, en el
panorama legislativo la alternancia de liberales y conservadores en el
gobierno impedía la implantación real de medidas prácticas. Fue por ello
que Clara Campoamor tomó la decisión de dar el salto a la política con el
Partido Radical de Alejandro Lerroux. La influencia de sus compañeros liberales
la llevó a entrar también al mundo de la masonería, un hecho que sería
determinante para ella en un futuro próximo.
En las elecciones
de 1931, que siguieron a la proclamación de la Segunda República, las mujeres
pudieron presentarse aunque no votar. Campoamor resultó elegida junto con
Victoria Kent, que se presentó por el Partido Radical Socialista. Parecía su
mejor oportunidad para llevar los derechos de la mujer al ámbito legislativo.
Sin embargo, sus propios compañeros pronto la empezarían a mirar con recelo.
Campoamor no luchó
solo por el voto de las mujeres sino también por el divorcio y la igualdad de
los hijos e hijas nacidos fuera del matrimonio, además de la abolición de la
prostitución.
La primera lucha
para lograr sus objetivos fue la redacción de la nueva Constitución
republicana. Las expectativas de Clara eran ambiciosas y contemplaban no solo
el voto de las mujeres sino el divorcio y la igualdad de los hijos e hijas
nacidos fuera del matrimonio, además de la abolición de la prostitución.
Incluso dentro de los sectores progresistas, había la opinión de que no
sería fácil implantar cambios tan profundos en una sociedad muy machista e
influenciada por un catolicismo muy conservador, especialmente en el medio
rural. A pesar de ello, logró que se incorporara a la Constitución una gran
parte de sus demandas, salvo lo relativo a la prostitución y al sufragio
femenino.
LA CULMINACIÓN DE
UN PROYECTO
La batalla por el
voto de las mujeres no estaba del todo perdida, sin embargo, ya que finalmente
se debatió en las Cortes a finales de ese mismo año. En ese momento se
evidenciaron los recelos y el tacticismo de los partidos alrededor de su
propuesta: más que defender u oponerse a los valores del proyecto, muchos
grupos estaban más preocupados del beneficio electoral que podían sacar de
ello.
A pesar de que el
sufragio femenino fue finalmente aprobado, Clara Campoamor no ocultaba su
decepción por lo que sentía como una traición de los suyos, el Partido Radical
al que se había unido por sus ideales republicanos. Con la excepción de cuatro
compañeros, su propio grupo le había negado el apoyo por miedo a que las
mujeres españolas, según ellos muy influenciadas por la Iglesia, votaran
mayoritariamente a los partidos conservadores -parte de los cuales, por ese
mismo motivo, votaron a favor.
Su antigua
compañera Victoria Kent opinaba que antes de legislar había que cambiar
profundamente la mentalidad de la sociedad española, o sus propuestas
fracasarían.
La mayor decepción
para Clara, además de la falta de respaldo de su partido, fue la oposición de
su antigua compañera Victoria Kent. Aunque ambas compartían ideales, estaban en
desacuerdo sobre el camino para aplicarlos: Kent opinaba que antes que legislar
había que trabajar mucho en el cambio de mentalidad de la sociedad española, o
sus propuestas fracasarían. Su enfrentamiento era un reflejo del miedo que
había por la fragilidad del proyecto republicano, en esos años previos a la
insurrección militar, en los que a menudo pesó más el cálculo interesado que
los ideales.
Ninguna de las dos
renovó su escaño en las elecciones de 1933, aunque Alejandro Lerroux le
ofreció a Clara un cargo como Directora General de Beneficencia y Asistencia
Social. Sin embargo, dos decepciones más la llevaron a abandonar
definitivamente la actividad política: la alianza del Partido Radical con la
Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), ganadora de las elecciones
de 1933; y finalmente, la dura represión de la insurrección obrera en Asturias
en octubre de 1934.
EL EXILIO
Al estallar la
Guerra Civil Campoamor se exilió en París, donde permaneció hasta 1955
trabajando como traductora. Sobre ella pesaba el peligro evidente, tras la
victoria franquista, de ser republicana, feminista y lo peor a ojos del
régimen, masona: por este último motivo se abrió un proceso contra ella, en el
que habría sido condenada a 12 años de cárcel de haber regresado a España.
Posteriormente se trasladó a Lausana (Suiza) para continuar con su actividad
como abogada y allí murió en 1972.
A lo largo de su
exilio compaginó sus empleos con la escritura de diversas obras sobre el
feminismo y, en particular, su experiencia en el ámbito político. En estas se
muestra muy crítica con los parlamentarios, especialmente con los republicanos,
quienes considera que obstaculizaron la mejor oportunidad que había existido
para lograr una mayor igualdad de género. Una oportunidad que el franquismo
echó abajo junto con su recuerdo, que solo en años recientes se ha recuperado a
pesar de la gran importancia que tuvo como pionera de los derechos de la mujer
en España.
Aunque Celeste ya
coqueteaba con el tema femenino en su trabajo plástico, fue hasta que se
convirtió en madre que se autonombró feminista con un trabajo intimista y
autobiográfico.
Sus obras dejan
testimonio de la primera generación de madres que se atreve a hablar de estos
temas tabú en la construcción cultural de una maternidad romantizada.
Su nueva serie
“Mamá. Luz y sombra”, retrata a través de pinturas y esculturas los
claroscuros de ser madre: el cansancio, la pérdida de libertad, la muerte
social que deviene al momento de tener un hijo, la exigencia del silencio y los
juicios a los que una mujer se ve sometida cuando decide seguir adelante con su
embarazo. Sus obras dejan testimonio de la primera generación de madres que se
atreve a hablar de estos temas tabú en la construcción cultural de una
maternidad romantizada.
Joven, millennial,
madre y artista, Celeste Bejarano vive su maternidad desde la lucha. Identifica
que hoy en día el machismo ha mutado entre simulaciones y silencios que las
propias mujeres se han autoimpuesto. En esta sospecha pidió a través de
Facebook, a más de 600 mujeres de distintas edades, contar sus testimonios
sobre cómo ha sido ser madres; fue así que recibió cientos de relatos que
confirman su propia experiencia y que posiblemente nunca habían sido revelados.
Miedo, soledad, abandono, falta de sueño, incertidumbre de tener una vida en
brazos que depende de ellas, son algunas de las emociones que las mujeres
experimentan al convertirse en madres; sin embargo, en México la idea de la
maternidad es idealizada hasta acallar las verdaderas necesidades de una
crianza humanizada.
El trabajo de
Celeste Bejarano es una crítica a ello y un testimonio visual del sentir de las
mujeres ante su desafío más grande: seguir siendo ellas mismas y no perderse
cuando otro ser humano exige ser alimentado de su pecho. ¿Es posible seguir
siendo quienes éramos? ¿Dónde están las redes de apoyo para maternar? ¿Cómo se
puede ser exitoso en el ámbito laboral y ser una buena madre a la par? ¿Hay que
decidir entre ambas? Ninguna duda es nueva, pero apenas las madres más jóvenes,
como Celeste, se atreven a decirlo en voz alta.
Celeste Bejarano
también ha trabajado con temas como el linaje femenino, la importancia de las
abuelas en la educación de los niños en México y la costura como actividad de
espera y resistencia en los hogares mexicanos, casi todos con una máquina
Singer en casa, donde un par de generaciones ha cosido muchas veces para salir
adelante y alimentar a la familia o enviar a los hijos a estudiar. La obra
“Retrato surrealista de mi abuela”, hace un homenaje a esas abuelas, que
lucharon hilvanando hilos y bordando vestidos. El trabajo de Celeste Bejarano
deja en claro que lo íntimo es político.
Las mujeres en el
arte, como en otros ámbitos, han tenido que esforzarse para poder dar
visibilidad a su trabajo.
Las mujeres en el
arte, como en otros ámbitos, han tenido que esforzarse para poder dar
visibilidad a su trabajo. Durante siglos, las que lograron dedicarse a las
manifestaciones creativas, firmaron con nombres masculinos o los nombres de sus
padres o maridos. Recibieron pagos menores por sus obras y fueron consideradas
solo por ser las esposas de alguien más y no por ellas mismas. Han tenido que
pasar siglos para ser reconocidas.
Las artistas de hoy
son el resultado de muchos años de historia y lucha por la equidad y sus
formas.
Angela Yvonne
Davis (Birmingham, Alabama, Estados Unidos, 26 de enero de 1944)
es una filósofa, política marxista, activista afrodescendiente antirracista, feminista,
defensora de los derechos de las personas LGTBIQ+, abolicionista del
sistema carcelario y profesora del Departamento de Historia de la Conciencia en
la Universidad de California en Santa Cruz de Estados Unidos.
En 1969 fue
expulsada de la Universidad de California, donde impartía clases de
Filosofía como profesora auxiliar (habiendo sido alumna de Herbert Marcuse)
al descubrirse su afiliación al Partido Comunista de los Estados Unidos.
Estuvo vinculada con el movimiento Panteras Negras, pero no fue parte del
mismo. Se vio también involucrada en el caso de "Los hermanos de Soledad",
por el cual fue incriminada por asesinato y secuestro en 1972. Este caso
alcanzó repercusión mundial y tras pasar un año en prisión, fue declarada inocente
en 1973.
En 1974 pasó a
formar parte del Comité Central del Partido Comunista de los Estados
Unidos. En 1976, tras publicar su autobiografía, regresó a la enseñanza. Años
después, en 1984, presentó junto a Gus Hall, el entonces líder del CPUSA,
su candidatura a la vicepresidencia de su país.
Angela Davis nació
en Birmingham, Alabama, el 26 de enero de 1944, en una época en la que
las leyes Jim Crow imponían la segregación racial en el sur de
los Estados Unidos. Su padre, graduado en una universidad para afroamericanos
en Raleigh (Carolina del Norte), trabajó algún tiempo como profesor
de historia en un instituto de secundaria antes de adquirir una gasolinera que
gestionaba personalmente. Su madre se graduó en una universidad de Alabama y
era maestra de escuela primaria. El lugar donde vivía la familia era llamado
Colina Dinamita (Dynamite Hill) por el gran número de casas de afroamericanos
dinamitadas por el Ku Klux Klan. Tanto su madre como su padre eran
activistas a favor de los derechos civiles y eran miembros de la National
Association for the Advancement of Colored People (NAACP), antes de que
dicha organización fuera proscrita en Birmingham.
Angela Davis cursó
estudios primarios en una escuela segregada en Birmingham, alojada en
instalaciones peor dotadas que la escuela para blancos. A los 14 años, se le
presentaron varias opciones para cursar estudios secundarios, y escogió
trasladarse a Nueva York gracias a una beca de la organización
cuáquera American Friends Service Committee, que ofrecía la posibilidad a
alumnos brillantes de la comunidad afrodescendiente del Sur del país de
estudiar en institutos mixtos del Norte. Se matriculó en el instituto privado
de pedagogía progresista Elisabeth-Irwin, en Greenwich Village.
Su llegada a Nueva
York marcó una nueva etapa en su toma de consciencia política. Se alojaba en
casa del reverendo William Howard Melish, el pastor de la mayor Iglesia
episcopal de Brooklyn en los años 1950, opositor declarado al macarthismo
y miembro de la Soviet-American Friendship Organization (Organización
de amistad americano-soviética) Tanto él como la mayoría de los profesores
estaban en la lista negra de la administración Mac Carthy, y tenían prohibido
enseñar en establecimientos públicos.
En Nueva York,
Angela descubre el socialismo por las obras de Robert Owen y
el Manifiesto comunista, lo que la lleva a "situar los problemas del
pueblo negro dentro del contexto más amplio del movimiento de la clase
obrera". Milita por primera vez en una organización juvenil marxista
leninista llamada Advance, que frecuentan también sus amigas Margaret
Burnham y Mary Lou Patterson. Conoce entonces a Bettina Aptheker, hija del
historiador comunista Herbert Aptheker, cuya casa acoge reuniones de la
organización. Participan en las manifestaciones de apoyo al movimiento por
los derechos civiles que conoce un nuevo impulso con la campaña de
protesta mediante "sentadas" iniciada en febrero de 1960 en Greensboro (Carolina
del Norte).
Estudios
universitarios: marxismo y feminismo antirracista.
En 1962 Davis
obtuvo una beca para cursar estudios de Francés en la Universidad Brandeis en Waltham (Massachusetts).
Es una de las tres únicas estudiantes afroamericanas de primer año.
Sus estudios la llevan a descubrir a los existencialistas franceses (Jean-Paul
Sartre, Albert Camus). El curso universitario estuvo marcado por una serie
de conferencias del escritor James Baldwin sobre literatura, durante
las cuales se produjo la crisis de los misiles en Cuba. Baldwin se negó a
proseguir y decidió hablar de la crisis en una asamblea general al lado
de Herbert Marcuse, al que Angela escuchó por primera vez. Aquel año
tuvo varios empleos que le permitieron costearse un viaje por Europa, en el que
visitó Londres, París, Lausana, y Helsinki donde
asistió al Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes.
Su carrera incluía
una estancia en Francia. En Biarritz, donde permaneció un mes, se
enteró de que cuatro muchachas a las que conocía habían sido asesinadas en la
explosión de la Iglesia Bautista de Birmingham en septiembre de 1963.
Angela declaró que el atentado no era el resultado de un comportamiento racista
aislado, sino la expresión de "la rutina cotidiana, a menudo monótona, de
la opresión racista". Después de estar un mes en París, pasó el verano en
Fráncfort, donde asistió a conferencias del filósofo alemán Theodor Adorno.
De vuelta a Brandeis, asistió a una serie de conferencias de Marcuse sobre el
pensamiento político europeo desde la Revolución francesa. Después de
graduarse, y siguiendo sus consejos, decide estudiar Filosofía en la Facultad
de Filosofía de la Universidad J. W. Goethe de Fráncfort (Alemania
Occidental) en 1965.
En Alemania
frecuenta a estudiantes de la Federación Socialista Alemana de Estudiantes (Sozialistischer
Deutscher Studentenbund o SDS), visita a menudo Berlín Este y
participa en manifestaciones en contra de la intervención estadounidense
en Vietnam. Mientras tanto, en los Estados Unidos el movimiento de liberación
afroamericano va evolucionando y tiende a radicalizarse en la estela del
movimiento conocido como Black Power. Frustrada por no poder tomar parte
en la efervescencia militante que reina en su país, decide volver al cabo de
dos años.
Opta por la Universidad
de California en San Diego, donde enseñaba Herbert Marcuse, que acepta dirigir
su tesis, inicialmente tutelada por Theodor Adorno. Davis recibió una gran
influencia de Marcuse, especialmente su idea de que era un deber del individuo
rebelarse en contra del sistema.
Davis es además
profesora emérita distinguida del Departamento de Historia de la Conciencia de
la Universidad de California en Santa Cruz, donde ha integrado el personal
junto a Donna Haraway, Hayden White y Teresa de Lauretis.
Homenajes
En 1971, Pablo
Milanés compuso para ella «Canción para Angela Davis». En 1972 los Rolling
Stones en su disco doble Exile on Main St le dedicaron la
canción «Sweet Black Angel». El mismo año, John Lennon y Yoko
Ono la apoyaron con la canción «Angela» de su álbum Some Time in New
York City. En 2010 el cantante Yannick Noah también le dedicó la
canción «Angela». El grupo de rap Los Chikos del Maíz mencionaron su
incidente con Nixon en la canción «La estanquera de Saigón», donde
hacen un homenaje a la clase obrera desde el punto de vista marxista.
El artista Shepard
Fairey la representó en varias de sus obras gráficas.
En Santiago
de Chile existe una población que lleva su nombre luego de una visita que
Davis realizó a la Universidad Técnica del Estado (UTE) en la década
de 1970, en la que donó dinero para la realización de las instalaciones
eléctricas y de agua potable.
"Soy
feminista, pero muchas veces he comido mierda por un tío"
La historia de
María de los Ángeles es la historia de España: familiares en fosas, abuelas
que acogen a vascos rebeldes en años de dictadura, padres curas que se salen de
la Iglesia por amor, juicios rápidos en los pueblos pequeños, fantasmas que se
te quedan mirando cuando escribes. Una familia honrada y valiente a la que ella
ha salido clavaíta.
La cantautora
ahonda en sus raíces cargada de dignidad y documentación y el resultado
es este disco con nombre de refrán, folclórico hasta la víscera, espinoso
y henchido de conciencia. Ahora que la comodidad es, más que nunca, un colchón
blando de extremocentrismo, Rozalén se la juega y canjea la rabia en arte.
La puerta violeta es
puro feminismo. ¿Por qué cree que a día de hoy hay tantos artistas a los que
les cuesta reconocerse como feministas?
A mí también me
pasaba. Y eso que en Psicología me especialicé en Psicología del género. Pero
creo que siempre ha habido un conflicto de términos y ahora es momento de
cambiar las cosas. Por eso lo de “entrar en la puerta violeta”, entrar en esa
dimensión. Me he dado cuenta de que me tengo que posicionar. Cuando me
pregunten “¿eres feminista?”, tengo que decir: “Claro, ¿¡tú no!?”. Porque es
igualdad y porque hay muchísimas cosas que hay que seguir mejorando en todo el
mundo y en este país también, se nos siguen exigiendo muchas cosas a las
mujeres que a los hombres no, y siguen asesinando a mujeres. Es un problema
gordo.
No podemos mirar
hacia otro lado. La canción habla, en realidad, de una regresión consciente que
me hicieron a mí, todo muy místico (ríe). Son imágenes a las que mi cabeza
me fue llevando para que entendiese ciertas cosas. Pero de verdad que la puerta
que yo pinté era de color violeta; el prado verde eran Los Pirineos, que
solamente estuve una vez, pero se ve que se me quedó muy clavado… y cuando me
puse a escribir la canción, pensé que debía compartir esas imágenes porque es
una canción que cada uno puede llevarse a donde quiere, es muy sutil lo del
feminismo, pero quien lo quiera ver, lo ve claro.
¿Ha experimentado
algún tipo de prejuicio por ser mujer; o algún obstáculo al que crea que sus
compañeros de profesión no han tenido que enfrentarse?
He sentido las dos
cosas, porque en mi ambiente son casi todos hombres y también he sentido que
resaltaba por eso. No puedo hablar mal de mis compañeros, siempre me he sentido
muy respetada por ellos, pero a la vez, con el público… a mí al principio
cuando empecé en la música, me hacían comentarios del tipo: “¿Perdona? Eres una
tía normal y corriente. No eres ningún pibonazo”. Pero, ¿y esa desfachatez? Sí,
y con mucha más mala leche. ¿Por qué me juzgan a mí por esto…? Hasta en los
photocall. Al principio lo pasaba fatal, porque sabía que iba a haber medios
que iban a hablar de cómo iba vestida. Ahora ya me lo tomo de otra manera, me
divierto, me mola la moda, me gusta verme bien, hago deporte porque me sienta
bien… y si me pinto la raya del ojo es porque yo quiero. Pero sí, sí, te das
cuenta de que hay mucho machismo en ese sentido.
¿Cuál es su
opinión sobre el contenido machista de las canciones? Siempre se ha criticado
el reguetón, pero últimamente se están cuestionando hasta temas de Sabina. Fue
el caso de Contigo, de la que decían que reproducía roles de género. Eso
de “tú estás en la casa y yo espérate, que ya veremos”.
Claro… yo cuando
vi eso de Sabina, dije “a ver...”. Porque yo soy feminista pero muchas veces he
comido mierda por un tío, y lo cuento en las canciones: que he besado el suelo
y me he arrodillado ante un tío, ¿sabes?, y eso no significa que yo deje de ser
feminista. Sólo que mira, caí en esto. Y lo comparto. Este tema lo he hablado
con un montón de amigos autores. Que si a Sabina le quitas esto… le quitas el
ser callejero, el hablar de bares, de alcohol, de la mujer de esa manera… yo he
estado con Sabina y es un tío que echa piropos, pero a mí no me resulta nada
machista. Me resultan más machistas otras miradas, de éstas de arriba a abajo…
que no son tan elegantes como él. Yo lo defiendo. Y defiendo la libertad de
expresión y la poesía. A mí me pasa. Llega un momento en el que le das mil
vueltas a las canciones para no molestar a nadie.
Y si nos ponemos
ejemplarizantes todo el rato, coartamos libertad artística.Exactamente. Pero
es que luego ya está el otro extremo. A mí hay letras de reguetones de ciertos
latinos que sí que es una falta de respeto máximo.¿Cuál recuerdas,
flagrante?Bueno, cuando te
están diciendo “perréame”… Joder. Que si “estoy con todas vosotras...”.
Cuatro babys.Será, es que
tampoco lo he escuchado mucho. Porque no me interesa. El límite no sé dónde
ponerlo, sinceramente. Yo entiendo que alguna mujer me diga “es que esto que
dice Sabina me molesta”, pero a mí no me molesta eso, lo otro sí. Porque creo
que es un tono muy diferente, y que en el reguetón no hay poesía. Hablemos de la
canción Justo. Cuenta una historia ambientada en la Guerra Civil y en la
leva del biberón.
Mira, yo he vuelto
a creer en los fantasmas, después de lo que me ha pasado con él. Es mi tío
abuelo, yo he crecido con esta historia en mi casa. Mi abuela me relacionaba
mucho con él, porque él cantaba. Ella tenía diez años cuando a él se lo
llevaron a la guerra, y fue el único que no regresó al pueblo. Este dolor
siempre ha estado en mi familia, mi abuela se acuerda perfectamente de todo:
cuando le dieron una carta de vuelta, que eso ya significaba que algo le había
pasado; ese mismo día llegó una carta del compañero diciéndole a su madre
“mamá, a Justo lo han matado”, y bueno, la gente recuerda a mi bisabuela
bajando por la cuesta gritando “canallas, me lo habéis matado”… fue un grito
que perduró mucho tiempo.
Entonces yo me
obsesioné con él hace dos años y empecé a indagar mucho sobre él, a preguntarle
mucho a mi abuela… tengo entrevistas en mi teléfono de horas, porque se acuerda
de todo ella, es tan bestia (sonríe). Y me pasaban cosas muy raras. Yo
escribía la canción y me entraban unos escalofríos muy raros. Yo no paraba de
decirle a mis amigos “macho, llevo un fantasma en la nuca”. Y después de eso mi
compañero, Dani, me presenta a Emilio Silva, que es el presidente de la
Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, y me dijo Emilio “pues
dame los datos de tu tío abuelo por si alguna vez tenemos a alguien que quiera
investigar sobre esto”.
Y el 1 de
noviembre, el día de los muertos, recibo un Whatsapp de Emilio y me dice
“María, no te lo vas a creer, pero Justo está registrado en una fosa común en
Arganda del Rey con otros doscientos y pico soldados de la Batalla del Jarama”.
Imagínate el momento de llamar a mi abuela. Yo que en Psicología había
estudiado las fases del duelo y qué ocurre ante un desaparecido, que no se cura
nunca, pues claro, cómo no voy a contar eso. Yo no sabía qué hacer con la
canción y esto me dio el final perfecto. Yo soy un canal y Justo ha querido
contar eso. Muchas frases de la canción son frases de mi abuela. Mi abuela dijo
“antes de morir le tengo que llevar una flor”…
¿Y por qué cree
que al PP no le interesa hablar de Memoria Histórica ni resarcir a las
víctimas?
No lo sé, porque
no es inteligente, ni terapéutico, ni nada, porque mira lo que está pasando: la
gente se está volviendo a radicalizar. Y eso es porque no se habla de dónde
venimos, y porque ha pasado hace muy poco tiempo. Entonces… quizá no lo sepan.
Quizá el PP no sepa que cuando no hablas de Memoria Histórica, estás haciendo
que se pudra y que huela mal, y que no se cure, pero si se habla… mira, yo
ahora hablo con los nietos de abuelos que fueron contrarios en la guerra, que
mataron a los míos, y nos queremos. Y sabemos que nuestros abuelos se mataron
unos a otros, y nos abrazamos.
Por eso hay que
hablar. Estas canciones las he hecho más pensando en el que no opina como yo.
Porque yo creo que alguien que diga todo eso… y escucha esta canción… no me
puede decir nada. Está contada desde la historia personal. ¿Qué me va a rebatir?
Y si no se alegra de que se encuentre a un desaparecido, tiene un problema.
¿Franco está
muerto o aún pulula por aquí…? Franco está… están
en altos cargos los mismos que estaban. No ha muerto. En absoluto. ¿Has
visto El Rey, la obra de Alberto San Juan? No, cuénteme. Entiendes tantas
cosas… fui a verla y salí loca. Había cosas que sabía y la gran mayoría que no.
Aquí está todo tapado. Viva Alberto y el Teatro del Barrio, y Willy Toledo,
cuando no se pone cafre (ríe). He leído que una
de las canciones, Amor prohibido, se la dedica al romance de sus padres,
porque su padre fue cura durante diez años.
Diez años… yo
vengo de una familia católica practicante, y lo siguen siendo: son súper
creyentes. Y yo, de la Iglesia que conozco, no puedo hablar mal, aunque esté de
moda hablar mal de la Iglesia. Yo canto porque empecé tocando en un coro de
Iglesia, con un cura de barrio súper progre. Ya te digo, y he hecho
Cooperación… e increíble, eso sí, cuando fui a El Vaticano no entendí nada. Y
por desgracia, yo ya no creo, aunque haya vuelto a creer en fantasmas. Mi padre
era sacerdote de vocación, aunque antes había muchos que se metían para
estudiar, pero él no, él estaba convencidísimo. Y cuando llegó a Letur, el
pueblo donde todo sucedió, el primer ser vivo que vio fue a mi madre. Mi madre
llevaba una lata de dulces al horno… es la mayor de seis hermanos. Son familias
muy humildes, las dos. Años después sería la madre de sus hijos.
Mi padre fue de
los primeros sacerdotes que se salió, y claro, para ellos fue muy duro por las
críticas. A mi madre le dijeron absolutamente de todo, a mi padre imagínate… Esto, ¿qué año
era? Pues mi padre dio la misa el día que murió Franco… setenta y largos. Ellos
se casaron por lo civil en el ochenta, celebrándolo en una iglesia. Y ya años
después, que ya mi hermano y yo estábamos bastante crecidicos, les llegó la
orden del Papa para poder casarse por la Iglesia. Eso fue un paso que dio la
Iglesia mucho más tarde. Mis padres no me hablan casi nada de esto porque se
avergüenzan.
Es una historia
bellísima y valiente. Es bellísima, pero
a mi madre le llegaron a tirar piedras en el pueblo. No me lo puedo
creer… Sí. En unas
fiestas. Le dijeron de todo. ¡Por haberse enamorado! Es un tema delicado, pero
mis padres ahora son muy queridos, en el pueblo y en Albacete. El amor manda.
Él sentía que estaba siendo infiel a Dios, pero se había enamorado, porque el
ser humano se enamora, y tiene sexo, y esas cosas… que son tan sanas.
¿Es necesario el
voto de castidad para concentrarse en hacer el bien y ayudar a los demás? Es
decir, ¿tiene sentido el celibato en 2017? Pues no. Claro que
el celibato no tiene sentido en 2017. Y en la gran mayoría de las religiones,
los sacerdotes se casan y no pasa nada. Los amigos que tengo dentro de la
Iglesia y defienden esto, sí que dicen que de esta manera se está más entregado
a la causa y tal, pero no me parece sano a nivel humano, porque cuando te
reprimen, después suceden cosas.
El hijo de la
abuela. Entiendo que el protagonista nació en Euskadi, en un momento en el que,
según canta, todo “era complicado si tenías ideales y hacías mucho ruido”. Su
único crimen, dice, “es el pensamiento libre”.
Éste es el tema
más delicado. A ver. Primer asesinato de ETA: Melitón Manzanas. Esto fue en el
68. En El País Vasco, toda la gente que estaba fichada por cualquier cosa (por
haber repartido propaganda, por poner en una pared ‘independencia’, por
juntarse con gente en Asamblea… ese tipo de crímenes)… con esa excusa, cuando
sucede este asesinato, cogen a cientos de vascos y los encarcelan, los torturan
y los destierran. Y de esto no habla casi ningún libro de Historia de España ni
nadie conoce nada. Yo lo conozco porque uno de éstos, Miguel, llegó a casa de
mi abuela.
A la gente que
podía “molestar” la desterraron a tomar por culo: de Donosti a Letur,
imagínate, en el 68. Nadie sabía lo que era ETA. Estaba naciendo. Miguel llega
detenido a Letur. Lo pasean por el pueblo a ver quién lo acoge. ¡Pues nadie lo
acogía! Mi abuela sí que hospedaba a gente en casa, y a ella le dijeron:
“Ángeles, tiene que quedarse con él...”. Antes no se daban explicaciones de
nada de nada, y la gente tampoco tenía la ocasión de justificarse. Mi abuela
siempre dice que lo presentaron como un etarra. Miguel tenía 20 años. Ella lo
miró y le preguntó: “¿Tú tienes madre?”. “Claro, señora”. Y dice ella que le
dio un puñetazo en el pecho, una intuición, un algo, y pensó “ay, Dios mío, si
esto le pasa a algún hijo mío”. Mi abuela es una punki (risas). Ella
sintió que era un hombre bueno, y le dijo “pasa para acá”.
Todos los días
tenía que fichar en el cuartelillo, y a mi abuela la criticaban un montón, le
mandaban anónimos por debajo de la puerta… cuando en los periódicos empezaban a
poner “nacimiento de una banda terrorista”… pero bueno, se demostró que él no
había hecho nada malo, aunque ya lo habían torturado y todo. En la dictadura se
pasaron con todo el mundo, pero con los vascos se lucieron. Luego a Miguel lo
enviaron a la mili, y se salvó. Al cambiar la dirección, mi abuela y él
perdieron el contacto durante casi cuarenta años… y hace dos años, a través de
una amiga mía de Donosti, encontramos a Miguel. Le contamos la historia, se
quedó flipando, hizo cuatro llamadas y dio con él. Y a mí en la anterior firma
de discos, se me presenta un señor con toda su familia, con lágrimas en los
ojos, vasco, vasco, vasco… y me dijo “María, que soy Miguel, el hijo de tu abuela”.
Ahí está el título
de la canción.
Efectivamente. Y
ya Miguel me contó todo: la represión brutal que sufrió él y tanta gente que no
lo merecía. Él tiene una hija de cuarenta y pico años que no sabía nada de
esto. Y esta semana santa vinieron a Letur, nos hemos vuelto a reencontrar. Él
aún tiene miedo, le cuesta contar algunas cosas. Es un tema muy delicado, es el
principio de ETA y me quedo con la historia que puede estar relacionada con los
refugiados de ahora. Mi abuela me ha enseñado: “acoge sin prejuicios”, porque
ella se llevó una historia de amor brutal. Un hijo más.
Usted es una
persona muy libre. He leído entrevistas en las que decía que está orgullosa de
ser española pero también se siente ciudadana del mundo. ¿Cree que Cataluña
tiene derecho a la independencia o al referéndum?
Es que Cataluña es
casa para mí también. Toda mi familia emigró de Letur a Terrassa. Tengo a media
familia allí, en Cataluña. Yo creo que tienen derecho a la independencia,
tienen derecho a opinar, pero que se debería hacer de otra manera.
¿Se refiere a que
están fallando las formas?
Sí, están fallando
las formas, pero de unos y de otros, porque si hay más apertura al diálogo se
pueden llegar a acuerdos. De esta manera… uno lo hace de forma ilegal, otros
ensalzan una Constitución que, oye, ¡la hicieron hombres!, no la hizo ningún
Dios. No entiendo por qué no se puede tocar. Pues claro, ahora pasa esto: se
está radicalizando la gente. Yo me siento española, me siento catalana, me
siento serrana, manchega… y creo que la gente se debería relajar más con todo y
sentarse a hablar, y ver qué se puede solucionar, pero sin una verdad como
bandera. A mí si se quieren independizar… me daría pena, pero tienen que
elegirlo ellos. ¿No cree que esa decisión tengamos que votarla todos los
españoles?
No sé, es
complicado. Es que si votamos todos, no se van (risas).
Castellanos es
considerada una figura importante del feminismo latinoamericano, problemática
que abordó de manera pionera en México.
Aproximadamente
tres años antes de que tras una ardua y larga lucha feminista se reconociera en
1953 en México el derecho de la mujer al voto, una joven y desafiante Rosario
Castellanos obtenía su título de maestría con un trabajo intitulado Sobre
cultura femenina (1950), un texto que tiene como detonante la cuestión ¿Existe
una cultura femenina? La interrogante busca reflexionar sobre qué lugar ocupan
las aportaciones de la mujer en la cultura, así como pensar por qué las mujeres
históricamente han tenido un lugar marginal en el ámbito cultural.
En este texto,
que muestra a una Rosario Castellanos inquieta por combatir las conjeturas
sobre la supuesta inferioridad de la mujer, debate ideas como la “miopía
intelectual” de las mujeres y su destino al haber “sido creadas únicamente para
la propagación de la especie”, argumentos ofrecidos por el filósofo Arthur
Schopenhauer y que son analizados por Castellanos.
Asimismo,
Castellanos muestra cómo para el filósofo Georg Simmel “la gran
hazaña cultural de la mujer es el hogar”, pues la coloca como un eslabón en la
transmisión de la cultura. Para Simmel el hombre es un ser activo y expansivo;
mientras que la mujer se halla “por naturaleza” concentrada en sí misma y en su
propia intimidad.
“Muchos autores
han querido hacer de la mujer una especie de poder tras el trono o de diablo
tras la cruz, y de la cultura una especie de enfermedad que, como la hemofilia,
las mujeres no padecen, pero trasmiten”, señala Castellanos sobre estos
argumentos, los cuales, según la propia literata, indican que las mujeres
cultas o creadoras de cultura no son más que un espejismo, una alucinación
o una pesadilla morbosa.
En su texto
contextualiza lo que representa el mundo de la cultura para una mujer y sus
intentos de ingresar en él, y dice: “Si planeo un trabajo que para mí es
el colmo de la ambición y lo someto a juicio de un hombre, éste lo califica
como una actividad sin importancia. Desde su punto de vista yo (y conmigo todas
las mujeres) soy inferior”.
Además
agrega: “El tema a discutir es que mi inferioridad me cierra una puerta y
otra y otra que ellos holgadamente atraviesan para desembocar en un mundo
luminoso, sereno, altísimo, que yo ni siquiera sospecho y del cual lo único que
sé es que es indudablemente mejor que el que yo habito, tenebroso, con su
atmosfera casi irrespirable por su densidad, con su suelo en el que se avanza
reptando en contacto y al alcance de las más groseras y repugnantes
realidades”.
Ante este
aparente sistema cerrado, en el que las mujeres están imposibilitadas de ser
partícipes del proceso cultural, Castellanos se interesa en la figura de la
mujer contrabandista, de aquella que logró burlar los muros masculinos erigidos
en torno a la cultura, mujeres como Virginia Woolf, Safo, Santa
Teresa y Gabriela Mistral, mujeres que “violaron la ley” y que para
Castellanos son el punto de discusión: ¿Cómo lo lograron? y ¿Cuáles fueron los
motivos que impulsaron su creación cultural?
Cabe destacar
que Sobre cultura femenina es, a decir de la historiadora Gabriela Cano,
un “ensayo de juventud” en el que se vierten ideas y cuestionamientos
sobre los que la autora regresará de manera reiterativa a lo largo de su obra.
Asimismo, para Cano esta obra representa una “etapa temprana de la formación
intelectual” de Rosario Castellanos, quien pasaría a ser considerada una
de las intelectuales más importantes del siglo XX en México; es decir, en
palabras de la propia Castellanos, una contrabandista que logró introducir su
contrabando en “fronteras tan celosamente vigiladas”.
Rosario Castellanos
es considerada una figura importante del feminismo latinoamericano,
problemática que abordó de manera pionera en México tanto en sus textos
ensayísticos como en su obra literaria. Castellanos publicó en 1963 un artículo
en el diario Excélsior que llamaría “Feminismo a la mexicana”, texto que según
la investigadora Elena Urrutia aparecería previamente a la nueva ola
feminista en el país y en el que la autora utilizó sin ninguna reversa la
palabra feminismo. En su artículo discute la posición inferior que ocupa la
mujer en la sociedad mexicana, las diferencias establecidas entre hombres y
mujeres y cuestiona el poco desarrollo del feminismo en nuestro país.
Las obras de
Castellanos en las que se aborda el tema de la mujer mexicana y su posición
como oprimida y abnegada son Mujer que sabe latín (1973) y El uso de la palabra
(1974). Pero la mujer mexicana no fue el único tema que Castellanos abordó en
su obra, también destaca en ella la problemática de los pueblos indígenas y la
opresión que padecen. En este rubro Castellanos tuvo una serie de novelas que
abordaron la cuestión indígena, entre ellas Balún Canán (1957), Oficio de
tinieblas (1962) y Los cuentos de Ciudad Real (1960).
Esta conciencia
social se vio manifiesta en Rosario Castellanos desde muy temprana edad, pues
ya en 1947, cuando tenía 22 años, comenzó a publicar ensayos sobre diversos
temas. Su producción en letras comenzó mientras estudiaba para convertirse en
maestra en filosofía en la UNAM, donde ingresó después de mudarse a la
Ciudad de México proveniente de Chiapas, donde vivió su infancia y parte de su
juventud.
A lo largo de
su vida colaboró en diferentes periódicos, revistas y suplementos culturales
escribiendo cuentos, ensayos, poesía y crítica literaria. Algunas de sus obras
más destacadas, además de las ya mencionadas, son Apuntes para una declaración
de fe (1948), De la vigilia estéril (1950), Lívida luz (1960), Poesía no eres
tú (1972); entre otros.
La escritura
representó para Rosario Castellanos un medio para reflexionar sobre las
profundas desigualdades que viven algunas poblaciones específicas en nuestro
país y a través del cual apelaba por una sociedad justa, libre de
prejuicios y dogmas rumbo a una transformación social y cultural; pero al mismo
tiempo, su arte fue una forma de plasmar sus pensamientos y sentimiento más
personales en torno a las cuestiones de ser mujer, ser mexicana y la soledad.
“Me siento
comprometida con una realidad con la cual no estoy conforme y con la cual
quiero colaborar para que de alguna manera cambie”, señalaba Castellanos.
Apenas vivió 43
años, pero fueron, sin duda, años vividos con mucha intensidad. Gabrielle
Émilie Le Tonnelier de Breteuil, marquesa de Châtelet (11706-1749) fue la
matemática más importante del siglo XVIII francés. Pero, además, representa a
la mujer independiente, sin prejuicios y con carácter, prototipo universal a lo
largo de la historia. Algunas alcanzan fama y distinción y otras permanecen en
el anonimato, pero ninguna de ellas pasa desapercibida.
Y lo más curioso
es que lo más habitual es que el principal apoyo de estas mujeres, su principal
resorte y potenciador de su talento, sean hombres. No cualquier hombre, sino
hombres inteligentes, que se enamoran de su talento y hacen lo posible para que
lo desarrolle.
En el caso de
Émilie, hay que destacar a su padre, oficial de la corte de LuisXIV,
quien la educó exactamente igual que a sus cuatro hermanos varones, con
una excepción, enseñó a la pequeña matemáticas y metafísica y a ellos no,
porque Émilie estaba especialmente bien dotada para estas disciplinas. Trató de
desarrollar todos los talentos de su hija, incluidos los físicos, de manera que
la niña practicaba deportes para canalizar su enorme energía y vitalidad.
Entre sus
maestros, fue amante de Maupertuis y Clairaut, el primero de los cuales
ejerció una enorme influencia sobre ella y de quien aprendió mucho. La ciencia,
entonces, estaba vetada indirectamente a las mujeres. Podías estudiar en casa,
organizar salones donde invitar a científicos y debatir. Pero no estaba
permitida la entrada ni en las Academias ni en los cafés, como el Café Gradot,
donde solía encontrarse Maupertuis, estudiando y discutiendo. Allí fue donde
Émilie entró vestida con ropas de hombre para entrevistarse con su amante y
maestro y discutir de cuestiones de física y matemáticas.
También fue amante
de nobles muy reputados de la corte como el duque de Richelieu y el
joven oficial Jean-François de Saint-Lambert, de quien quedó
embarazada de una niña entrados los cuarenta. Fue en ese parto en el que
Émilie murió, acompañada por el padre de la niña, su marido y Voltaire.
Aunque en todas
las lecturas de su biografía aparece Voltaire como el amante principal de la
marquesa de Châtelet, yo no diría que fue solamente eso. La relación entre
ambos iba mucho más allá. Él fue su maestro, pero ella llegó a ser una
colaboradora en igualdad de condiciones, una «partenaire» insuperable con quien
debatir y estudiar juntos los misterios de la física. Se ayudaron mutuamente y
se quisieron también como amigos. Una muestra es que, cuando tras años de
convivencia la relación de amantes se deterioró y Voltaire comenzó una relación
con Madame Denis, siguieron viviendo juntos, en el castillo del marido de
Émilie, hasta la muerte de ésta.
Finalmente está su
marido, el marqués Florent-Claude de Chastellet (como se escribía
originalmente el apellido). Se casaron cuando ella tenía 19 y él había
sobrepasado los 30. Como militar, se ausentaba frecuentemente para cumplir con
los deberes de su guarnición. Siempre fue tolerante con la pasión de Émilie por
la ciencia y le permitió dedicarse a ella una vez que dio a luz a sus hijos.
Tuvieron tres hijos, el menor de los cuales murió a los pocos meses. Émilie
decidió no volver a ser madre. La vida es complicada y no deja de ser trágico
que su final fuera precisamente en su cuarto parto. Cuando Émilie y
Voltaire, en plena relación de pareja, se fueron a vivir juntos para estudiar y
escribir, lo hicieron a uno de los castillos del marqués de Châtelet en Cirey,
quien les visitaba con frecuencia. Ella murió de su mano.
Los logros
científicos de la marquesa de Châtelet no son despreciables. Tradujo los
Principios Matemáticos de Filosofía Natural de Newton, única traducción
francesa de la obra, a la que añadió un importante prefacio. Cuando quedó
embarazada mientras trabajaba en la traducción, la marquesa presintió que le
llegaba el final y emprendió una carrera contrarreloj frente a la muerte.
Trabajó sin descanso y acabó su traducción días antes de morir.
Tradujo La
Fábula de las Abejas de Bernard de Mandeville, modificando algo la obra. Omitió
algunas partes y en la introducción defendió el rol de la mujer en la ciencia y
la necesidad de la educación femenina. Mantuvo serios y fructíferos debates
entre quienes defendían a Descartes y los partidarios de Leibniz (como ella) y
Newton, en lo referente a la teoría de las fuerzas vivas. Fue entonces cuando
publicó la Disertación sobre la naturaleza y propagación del fuego (1739).
Su obra más importante fue Instituciones de Física, en la que exponía el
estado de la ciencia y los principales debates explicando y defendiendo sus
posiciones. Fue la primera mujer en publicar en la Academia de Ciencias de
París.
Sus logros y su
figura se han visto deslucidos por su complicada vida amorosa y por las
envidias que despertó entre hombres y mujeres de su época. La independencia de
carácter unida al talento tiene un precio.
Esta mujer plantó
cara, abrió camino, se enfrentó a las empobrecidas mentes masculinas de la
época y al clero retrógrado reencarnado una y mil veces como una hidra
Por: Álvaro Van den
Brule
No tenía mucho
encaje en aquel predio. Sobrada de conocimientos, de mirada penetrante y
con un prognatismo muy acusado que le daba un plus de altivez, su esbelta
figura arrollaba con su incontestable poderío. Era una mujer de belleza
salvaje, que a una edad en la que la naturaleza femenina difícilmente se puede
mejorar, decidió desaparecer en las profundidades de la mística y de
la iluminación. Su afán de saber, su voracidad intelectual, su reto ilimitado a
la ignorancia y al patrón de sumisión adjudicado a la mujer en aquellos pagos y
en aquel tiempo, la convertirían en compañía poco recomendable a ojos de los
que hacían del poder un arma de trepanación colectiva.
O estabas
con el convencionalismo más ortodoxo o podías aventurarte a un
pronóstico nada halagüeño cerca de alguna hoguera inquieta. En su tiempo, no se
veía con buenos ojos que una fémina alimentara curiosidad intelectual o independencia
de pensamiento. Se llevaba el estilo sumisa y tontita. Si eras culterana o
“ligera de cascos“, ya eras candidata a una lapidación –figurada o literal–,
por rebeldía o por mear fuera de tiesto.
De belleza salvaje
y con una edad en la que la naturaleza femenina difícilmente se puede mejorar,
desapareció en las profundidades de la mística
Pero esta mujer
plantó cara, abrió camino, se enfrentó a las empobrecidas mentes masculinas de
la época, al clero retrógrado reencarnado una y mil veces como una hidra, a
una religión estrecha, patriarcal y rancia, la que quemaba por mera
venganza y estreñimiento mental a mujeres como Hipatia o las brujas de
Zugarramurdi, o a cualquier forma de pensamiento que tuviera más ventilación
que la permitida por el pensamiento único.
Como un fermento
oculto, esta enorme mujer ha calado en generaciones de mujeres cultas y
avanzadas, como lo hicieron los alegatos de Christine de Pizan o
de Marie de Gournay en el siglo XVI. Gloria Steinem (la
activista pro derechos de la mujer en EE.UU) dijo en una ocasión una frase
motora de tremenda actualidad que rinde homenaje a las mujeres que se
arriesgaron desde siempre a que se les reconociera un derecho inalienable, tal
que es: "Sin saltos de la imaginación, o soñando, perdemos la emoción de
la posibilidad. Soñar, al fin y al cabo, es una forma de planificar".
Juana Inés de la
Cruz se enfrentó a las vacas sagradas que habitaban las fosas sépticas del
pensamiento humano, encarnadas en esclerotizados personajes habituados a medrar
en las cómodas costumbres de los que nunca se enfrentan a la
injusticia de sus personajes automáticos y que dan por hecho que nada necesita
ser revisado, pues nada hay menos critico que la comodidad.
Habida cuenta de
que su vocación religiosa era menos que cero patatero, Juana Inés de
la Cruz eligió el convento para no pasar por las Horcas Caudinas del matrimonio
y así poder seguir gozando de sus aficiones intelectuales.
Aunque gran parte
de su obra fue quemada y destruida, su osadía se perpetuó en el tiempo para
demostrar a la historia que la justicia poética existe
Su celda era el
punto de convergencia de poetas, intelectuales y curiosos, que en un desfile
sin fin prestigiaron la increíble figura de esta mujer. Carlos de Sigüenza y Góngora,
pariente del poeta cordobés Luis de Góngora y del nuevo virrey, Tomás
Antonio de la Cerda, cuya esposa, Luisa Manrique de Lara, de la que fue
dama de honor y con quien le unió una fraternal amistad, nutrían las filas de
sus incondicionales.
Su biblioteca
llegó a tener la nada desdeñable cifra de trescientos libros, una cifra
incalculable, si entendemos que la imprenta acababa de aterrizar en estos pagos
humanos. La filosofía, la mística, música e historia, la criptografía, la
cocina y otros vértices del pensamiento, convivían alegremente entre las cuatro
paredes del silencio en el que habitaban cuerpo y mente de esta adelantada.
Compuso obras musicales, opúsculos filosóficos y una extensa obra que abarcó
diferentes géneros; poesía y teatro convivían venerando la herencia de Luis
de Góngora y Calderón de la Barca. Sus tertulias improvisadas eran de
una erudición talentosa y magnética. Desde el virrey hasta las mentes más
inquietas, nadie escapaba de su lucido verbo e hipnótico discurso.
El Barroco
literario alcanzó con ella su momento culminante e introdujo elementos
narrativos que anticipaban a los poetas de la Ilustración del XVIII
Pero un día, a
esta criatura no se le ocurrió otra cosa que tocar ni más ni menos que la
teología.
Aunque gran parte
de su obra fue quemada y destruida de maneras poco ingeniosas, la osadía de la
verdad exploradora se perpetuó en el tiempo para demostrar a la historia que la
justicia poética existe. Se conservan escritos en prosa entre los que cabe
señalar la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. La tal Sor Filotea no era otro
que el lerenda del obispo de Puebla, Manuel Fernández de la Cruz.
El acceso de ellas
al conocimiento. En 1690, una obra de Sor Juana Inés, la Carta
Athenagórica, en la que esta criatura singular hacía una dura crítica al
'Sermón del Mandato' del afamado jesuita portugués António Vieira sobre
las 'Finezas de Cristo', sería el principio del fin del vuelo libre de esta
rara avis. El purpurado había añadido a la obra una 'Carta de Sor Filotea de la
Cruz', esto es, un texto escrito por él mismo bajo ese pseudónimo en el que
recomendaba a esta atípica monja que se dedicara con más pasión a la vida
eremitoria y menos a pensar, puesto que según el clérigo, la reflexión
teológica era un ejercicio reservado a los hombres. Hasta ahí podíamos
llegar.
Filosofía,
mística, música e historia convivían entre las cuatro paredes del silencio en
el que habitaban cuerpo y mente de esta mujer adelantada.
En la respuesta
a Sor Filotea de la Cruz, esto es, al clérigo rancio y poco ventilado de
seseras, Sor Juana Inés de la Cruz reivindica el derecho de las mujeres al
acceso al conocimiento. La Respuesta es además una bella muestra en prosa
poética a través de la cual se pueden concretar muchos de los rasgos personales
de la ilustre religiosa. Pero la crítica del obispo de Puebla la
afectaría a la postre profundamente. Poco después, Sor Juana Inés de la
Cruz se deshizo de su entera biblioteca y de sus escasas pertenencias y
entró en el cenobio más profundo y austero. Tras deshacerse de su hatillo
terrenal, destinó lo obtenido a la beneficencia y cerró tras de sí la puerta de
la libertad.
Una
mañana al alba, según despuntaba el sol por el este –la única concesión que
había pedido, un mirador hacia la iluminación–, ayudada por sus compañeras en
medio de la terrible epidemia de cólera que asoló México hacia el año
1695, entregaría su única posesión a esa luz que todo lo envuelve en un enigma
avasallador.
El Barroco
literario alcanzó con ella su momento culminante, al tiempo que introdujo
elementos narrativos que anticipaban a los poetas de la Ilustración del siglo
XVIII. Su obra póstuma, el Fénix de México (1700), anticipa o lega –que más
da–, la visión y lucidez de un pensamiento desbordante y atrevido, osado y
valiente, no apto para un tiempo de ciegos y sordos.