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EMMY NOETHER




EMMY NOETHER

La matemática que derrotó al machismo 

Amelie Emmy Noether nació el 23 de marzo de 1882 en la localidad de Erlangen, en el estado alemán de Baviera. En su familia había 10 matemáticos en tres generaciones y podría decirse que tenía una vocación innata para las matemáticas, seguramente heredada por su padre el distinguido matemático Max Noether profesor de la Universidad de Erlangen. 

Emmy fue alumna en la escuela Höhere Töchter Schule en Erlangen a partir de 1889 hasta 1897. Allí estudió alemán, inglés, francés, aritmética y recibió lecciones de piano. Amaba el baile y le gustaba participar de las fiestas que organizaban los hijos de los colegas de la universidad de su padre. En esa etapa de su vida, sus aspiraciones se centraban en ser profesora de idiomas, sin embargo, después de certificarse en esta área Emmy Noether  asistió a las clases impartidas por su padre, aunque tuvo que hacerlo como oyente dada la imposibilidad de matricularse en la universidad por su condición de mujer. 

Entonces, en Alemania, las mujeres solamente eran aceptadas extraoficialmente en las universidades y debían solicitar permiso a cada profesor de cátedra para asistir a sus clases. En ese régimen de estudio estuvo en Erlangen desde 1900 a 1902. En 1903, después de rendir un examen de admisión en Nürnberg, va a la Universidad de Göttingen también en calidad de alumna oyente. En los años que estuvo en ese establecimiento universitario asiste a conferencias dadas por Blumenthal, Hilbert, Klein y Minkowski.

El curso siguiente empezó a permitirse en el estado de Baviera la matriculación y el derecho a examen de las mujeres en cualquiera de sus tres universidades, así que el 24 de octubre de 1904 Emmy Noether se convertía en la primera y única mujer matriculada en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Erlangen. Tres años después, el 13 de diciembre de 1907, defendió su tesis, Sobre la construcción de los sistemas formales de las formas bicuadráticas ternarias, bajo la supervisión de Paul Gordan. Fue la segunda matemática alemana que se doctoró en su pais, aunque a ella nunca le gustó este trabajo. 

Aún así, Noether lo tuvo muy difícil para ostentar un cargo académico. En Alemania las reticencias hacia la mujer en la Educación eran mayores que en otros paises de su entorno. Hay que decir que las mujeres habían conseguido acceder a la Universidad en Francia en 1861, en Inglaterra en 1878 y en Italia en 1885. La primera mujer que consiguió una plaza universitaria docente en Europa fue la matemática rusa Sofia Kovalevski en 1881, en la Universidad de Estocolmo. En Alemania, el kaiser era un ferviente partidario de que las mujeres no salieran de las tres kas: Kirche, Kinder, Köche (iglesia, niños y cocina). 

Así, durante los siguientes años, Noether estuvo impartiendo clases en la Universidad de Erlangen sin cobrar. Cuando Gordan se jubila, es sustituido en la Universidad por un joven Ernst Fischer, que había estudiado en Gotinga con Minkowski y estimula el trabajo de Emmy, acercándola a la escuela encabezada por Hilbert. Las bajas que en Gotinga produjo la Gran Guerra hicieron que Hilbert y Klein volvieran a llamar a Emmy en la primavera de 1915.

Aunque tanto Klein como Hilbert intentaron decididamente que la Universidad aceptara a las mujeres como profesoras, la sección de humanidades del claustro se opuso tajantemente. Entre ellos, el filósofo Edmund Husserl o el historiador Karl Brandi, que llegó a afirmar:”Hasta ahora la aportación científica de las mujeres no justifica en absoluto la introducción de un cambio tan drástico en el carácter de las universidades“. No obstante, en el pecado llevaban la penitencia, ya que cada vez se tenían que cruzar con más mujeres en los pasillos de la Facultad. Klein introducía en las clases cada vez más oyentes femeninas y había doctorado a cuatro rusas, dos norteamericanas y una inglesa. 

Hilbert y Klein fueron apoyados en sus pretensiones feministas por Edmund Landau, Carl Runge y Constantin Carathéodory, pero para ponernos en contexto no nos puede dejar de sorprender el tono empleado por Landau en su carta de recomendación: “Con qué sencillez se presentaría la cuestión ante nosotros si, con el mismo trabajo, la misma habilidad docente y la misma dedicación, se tratara de un hombre (…) Considero el cerebro femenino inapropiado para la creación matemática, sin embargo, considero a la señorita Noether como una de las raras excepciones“. Más adelante llegó a afirmar: “Puedo dar testimonio de que es un gran matemático, pero de si es una mujer… bien, esto ya no podría jurarlo“. Y a Hermann Weyl se le atribuye esta declaración:”Sólo ha habido dos mujeres en la historia de las matemáticas, y una de ellas no era matemática, mientras que la otra no era una mujer” (la primera mujer era Sofia Kowalevski, quien sufrió una fuerte desacreditación de su obra por parte de sus compañeros masculinos). 

De este modo Noether siguió en la Universidad solamente por las tretas que concibieron sus colegas para que pudiera dar clases. Así, en el curso 1916/1917 figuraba el siguiente anuncio:”Seminario de física matemática. Teoría de invariantes: Profesor Hilbert, con la asistencia de la doctora E. Noether“. En realidad, Emmy era la única ponente.

Al acabar la guerra los nuevos aires políticos permitieron por fin a Noether poderse habilitar como privatdozent el 4 de junio de 1919. Sin embargo, todavía no cobraba un sueldo. Permitía dar clases en la Universidad y cobrar un pequeño estipendio a los alumnos que quisieran asistir a ellas. Noether accedió a este título a los 37 años, cuando para sus colegas este era el primer escalón de juventud (por ejemplo, Hilbert y Landau fueron privatdozent a los 24). 

La crisis económica alemana hace la situación económica de Noether insostenible, y Richard Courant le consigue un contrato por unas clases de álgebra a los 41 años. No obstante, en todos estos años de circunstancias excepcionales para Noether, llegó a desarrollar una cálida y entrañable relación con sus estudiantes, con los que se la veía muy a menudo, y no sólo en las horas lectivas. Sus dotes pedagógicas y su generosidad para desarrollar distintas líneas de investigación fueron ensalzados por todos. Emmy abrió un taller en Gotinga en el que imprimió su sello hasta el punto de que a sus alumnos se les conoció como “chicos Noether“, y compartían incluso la vestimenta desaliñada de su mentora. 

Con la subida de los nazis al poder, Noether estaba amenazada por partida doble, tanto por su ascendencia judía como por sus simpatías marxistas. Muchos profesores, entre los que figuraban Noether, Max Born y Richard Courant, fueron suspendidos cautelarmente. Solo en 1933, alrededor de 1200 académicos judíos perdieron sus puestos universitarios en mitad de una crisis universal. Sin embargo, ella siguió dando clandestinamente matemáticas “judías” a estudiantes arios. 

Hay que decir que la acogida norteamericana al éxodo judío no era tan fácil como a menudo se cree. Desde la Gran Depresión, entre 1933 y 1936 dos mil profesores habían perdido su empleo debido a la crisis, y las discriminaciones antisemitas también existían en Norteamérica. Harvard, Columbia o Yale tenían cuotas de judíos. No obstante, Noether tuvo la oportunidad de emigrar al colegio universitario Bryn Mawr, en Pensilvania, a finales de octubre de 1933. 

Un año después, gracias a la mediación de Weyl y Einstein, Noether firmó un contrato para dar ocho horas de clase semanales en Princeton. En abril de 1935 Noether fue ingresada en el hospital de Bryn Mawr para extirparse un tumor uterino. Aunque la operación, el 10 de abril, fue un éxito, el 14 de abril falleció en el hospital de una embolia. En el año 2003 la Universidad de Gotinga creó una plaza de profesor- esta vez remunerada- con el nombre de Emmy Noether. 

Las contribuciones de Noether a la matemática son incontables, especialmente en la disciplina del álgebra, como en la teoría de los invariantes, en la que trabajó con su mentor Gordan. Dentro del álgebra abstracta también realizó importantes contribuciones, y una clase de conjuntos hoy en día son conocidos como anillos noetherianos. También se le atribuyen ideas fundamentales en el desarrollo de la topología algebraica.

Pero por lo que los físicos conocen más el trabajo de Noether fue por el teorema quizás más bello que se ha creado dentro de la física matemática, el llamado teorema de Noether, que relaciona las simetrías continuas de una teoría con sus cantidades conservadas.

Con información delBoletín de la Universidad de Granada, Física Fundamental y Perimeter Institute for Theoretical Physics  

Fuente: TERCERAVIA





 

IRÈNE JOLIOT-CURIE


 

IRÈNE JOLIOT-CURIE

Feminista, con un fuerte compromiso científico, social y político 

Durante la primera guerra mundial, con 17 años Irene se unió a su madre Marie Curie como enfermera radióloga en los hospitales de campaña del frente. A los 19 años, mientras se licenciaba en Física y en Matemáticas en la Sorbona, ya hacía de ayudante de laboratorio de su madre en el Instituto del Radio. Allí conoció a Frederic Joliot que se convertiría en su marido y su compañero de investigación. Ambos compartían los mismos principios e ideas políticas, un compromiso de lucha por un mundo más justo y la pasión por la ciencia. 

Trabajando juntos descubrieron la radiactividad artificial lo que les valió el premio Nobel de Química en 1935 y que supuso un paso fundamental para el avance de la Física médica. Irene fue una mujer feminista, con un fuerte compromiso social y político, gran defensora de la igualdad y la equidad y luchadora contra el fascismo. Fue subsecretaria de Estado de Investigación Científica del Gobierno francés en 1936 y estaba convencida de que el progreso social podía conseguirse a través del progreso científico. Fue catedrática en la facultad de Ciencias de París. Directora del Instituto del radio y miembro de la Comisión de Energía atómica. 

En 1950 Friederic lanzó el llamamiento de Estocolmo contra la bomba atómica y fue elegido presidente del Consejo Nacional de la Paz. En la entrega de hoy se emite la primera parte.

compromiso político Sensibilizada por el ejemplo de su madre e iniciada por los compromisos feministas de su entorno, Irène toma conciencia muy pronto de la cuestión de la emancipación de la mujer. Su feminismo es muy activo, aunque nunca se inscribe en un movimiento militante. Aprovecha su notoriedad de galardonada con el Nobel para proclamar su opinión sobre la dependencia jurídica de las mujeres, la mayor susceptibilidad al desempleo para las asalariadas y la necesidad de obtener el derecho al voto. 

Convencida de que el derecho al trabajo es el bien más preciado que las mujeres deben adquirir, se adhiere al modelo de sociedad de la URSS, en el que la igualdad completa de los derechos entre hombres y mujeres se realiza plenamente y encuentra un eco en el compromiso político de su marido, militante inscrito en el Partido Comunista francés. Considera que la mujer tiene vocación de ser madre, pero que debe tener libre acceso al progreso, por lo que es favorable al concepto reciente de control de la natalidad, en lo que se opone al Partido Comunista cuando se crean los primeros centros de planificación familiar. Al tomar partido contra la dominación masculina, muestra una modernidad bastante destacable, defiende la dignidad de las mujeres y su derecho a disponer libremente de su cuerpo en el momento en que se vota la ley Marthe Richard, que consigue el cierre de las casas de citas. 

Irène se ha visto marcada desde la primera infancia por los valores de izquierdas procedentes de su abuelo, Eugène Curie, y del círculo de intelectuales y científicos cercanos a sus padres. Para ella, el progreso social pasa por los progresos científicos, y encuentra en los ideales comunistas su oposición visceral a los movimientos fascistas. Convencida del papel social que puede desempeñar la ciencia, se compromete públicamente y toma la palabra en varias ocasiones contra la guerra y el fascismo. Con el físico Jean Perrin, Premio Nobel de Física en 1926, y su marido Frédéric Joliot, escandalizados por la parsimonia con la que el Estado atribuye las ayudas financieras a la investigación, toma oficialmente posición para denunciar la insuficiencia patente de los presupuestos concedidos a los investigadores; su acción, apoyada por el ministro de Educación Nacional Jean Zay, cuyas cenizas se han trasladado recientemente al Panteón, conduce finalmente a la creación, en 1939, del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS), que aporta una mejora notable a los créditos concedidos a la investigación. Todavía hoy, los investigadores continúan proclamando su insatisfacción ante la escasez de medios que se ponen a su disposición. 

El 4 de junio de 1936, Irène acepta el puesto de secretaria de Estado de Investigación Científica que le ofrece Léon Blum en reconocimiento al papel que los intelectuales progresistas han desempeñado en el éxito del Frente Popular. Por desgracia, su acción en el seno del Gobierno no se verá coronada por el éxito. Dimite unos meses más tarde porque considera que no ha conseguido con la suficiente rapidez la realización de sus principales proyectos: mejora sustancial de los presupuestos de investigación, reorganización de los estudios científicos para las niñas con derecho a conseguir licenciaturas y títulos, aumento de las relaciones de los investigadores con la industria y, finalmente, protección de las invenciones de los investigadores. Soporta mal la lentitud administrativa, la ausencia de voluntad manifiesta del Gobierno Blum para hacer avanzar sus proyectos y su vacilación ante la cuestión del derecho al voto de las mujeres. 

A este desacuerdo político se añaden las agresiones misóginas y las críticas personales de las que es víctima, en especial en la prensa, donde se siente caricaturizada, y los problemas de salud atribuidos al empeoramiento de su enfermedad tuberculosa. La sucede Jean Perrin. Después de su breve participación en el Gobierno, Irène continúa sus combates políticos y vuelve a la lucha antifascista. Se adhiere al Comité de Vigilancia de los Intelectuales Antifascistas, que se oponen a la actitud de no intervención proclamada por Léon Blum y sus ministros, en respuesta a la ayuda solicitada por Franco tras la insurrección en el Marruecos español. En 1940, la pareja entra en la Resistencia. Frédéric lleva una doble vida clandestina, mientras que Irène, debilitada por la tuberculosis, se instala en 1942 con sus hijos en Suiza, donde continúa lo que ella llama una «resistencia pasiva», acogiendo a los científicos extranjeros perseguidos por los nazis. Pacifista desde su experiencia de la Primera Guerra Mundial al lado de su madre, considera como modelos de sociedades igualitarias y pacifistas a la URSS y a las nuevas democracias populares comunistas del Este, a las que espera ardientemente que Polonia, su patria materna, se añada con rapidez. Los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, los días 6 y 9 de agosto de 1945, son, para la pareja Joliot-Curie, un choque violento acompañado de un sentimiento intenso de culpabilidad, compartida por todos los físicos implicados en el desarrollo de la energía nuclear. 

También viven estos acontecimientos como una traición por parte del Gobierno americano, que se ha creído autorizado a hacer un uso militar de sus descubrimientos. A través del CEA, Irène y Frédéric intentan entonces organizar una Cooperación Científica Internacional que tiene la misión de velar por que el desarrollo de la energía atómica y sus aplicaciones solo puedan ejercerse con una finalidad pacífica… Por desgracia, en este periodo de guerra fría en que se enfrentan los bloques americano y soviético, los políticos no quieren dejar la menor parcela de poder a los científicos. Mientras continúa incansablemente su trabajo en el laboratorio, Irène sigue comprometida en su lucha por el pacifismo y el feminismo. 

Está convencida de que la paz es en gran medida un asunto de las mujeres. En 1948, copreside, con el biólogo inglés Julian Huxley, el Congreso Mundial de los Intelectuales por la Paz y la Libre Circulación de los Descubrimientos que tiene lugar en Polonia, con quinientas delegaciones que representan a cuarenta y cinco países; se unen a ella artistas y resistentes, como Pablo Picasso, Fernand Léger, Vercors y Paul Éluard. En abril de 1949, se crea el Consejo Mundial de la Paz, dirigido por Frédéric Joliot-Curie, que inspira un año más tarde el llamamiento de Estocolmo que exige la prohibición inmediata del arma atómica, firmado por más de catorce millones de franceses y ciento cincuenta millones de personas en el mundo. El último mensaje oficial de Irène, dirigido al Congreso Mundial de las Madres que se celebra en 1955, resume todo su combate: «Apruebo la iniciativa de la Federación Democrática Internacional de las Mujeres de convocar un Congreso Mundial de las Madres para la defensa de sus hijos contra el peligro de una nueva guerra […] que sería la guerra atómica». 

Muere de una leucemia aguda el 15 de marzo de 1956, a la edad de cincuenta y ocho años, dos años antes que su marido, víctima de una cirrosis secundaria a una hepatitis inducida por la radiación. 

Fuente: galicia






Émilie de Châtelet


 

Émilie de Châtelet, la científica cortesana 

Apenas vivió 43 años, pero fueron, sin duda, años vividos con mucha intensidad. Gabrielle Émilie Le Tonnelier de Breteuil, marquesa de Châtelet (11706-1749) fue la matemática más importante del siglo XVIII francés. Pero, además, representa a la mujer independiente, sin prejuicios y con carácter, prototipo universal a lo largo de la historia. Algunas alcanzan fama y distinción y otras permanecen en el anonimato, pero ninguna de ellas pasa desapercibida. 

Y lo más curioso es que lo más habitual es que el principal apoyo de estas mujeres, su principal resorte y potenciador de su talento, sean hombres. No cualquier hombre, sino hombres inteligentes, que se enamoran de su talento y hacen lo posible para que lo desarrolle. 

En el caso de Émilie, hay que destacar a su padre, oficial de la corte de LuisXIV, quien la educó exactamente igual que a sus cuatro hermanos varones, con una excepción, enseñó a la pequeña matemáticas y metafísica y a ellos no, porque Émilie estaba especialmente bien dotada para estas disciplinas. Trató de desarrollar todos los talentos de su hija, incluidos los físicos, de manera que la niña practicaba deportes para canalizar su enorme energía y vitalidad. 

Entre sus maestros, fue amante de Maupertuis y Clairaut, el primero de los cuales ejerció una enorme influencia sobre ella y de quien aprendió mucho. La ciencia, entonces, estaba vetada indirectamente a las mujeres. Podías estudiar en casa, organizar salones donde invitar a científicos y debatir. Pero no estaba permitida la entrada ni en las Academias ni en los cafés, como el Café Gradot, donde solía encontrarse Maupertuis, estudiando y discutiendo. Allí fue donde Émilie entró vestida con ropas de hombre para entrevistarse con su amante y maestro y discutir de cuestiones de física y matemáticas. 

También fue amante de nobles muy reputados de la corte como el duque de Richelieu y el joven oficial Jean-François de Saint-Lambert, de quien quedó embarazada de una niña entrados los cuarenta. Fue en ese parto en el que Émilie murió, acompañada por el padre de la niña, su marido y Voltaire. 

Aunque en todas las lecturas de su biografía aparece Voltaire como el amante principal de la marquesa de Châtelet, yo no diría que fue solamente eso. La relación entre ambos iba mucho más allá. Él fue su maestro, pero ella llegó a ser una colaboradora en igualdad de condiciones, una «partenaire» insuperable con quien debatir y estudiar juntos los misterios de la física. Se ayudaron mutuamente y se quisieron también como amigos. Una muestra es que, cuando tras años de convivencia la relación de amantes se deterioró y Voltaire comenzó una relación con Madame Denis, siguieron viviendo juntos, en el castillo del marido de Émilie, hasta la muerte de ésta. 

Finalmente está su marido, el marqués Florent-Claude de Chastellet (como se escribía originalmente el apellido). Se casaron cuando ella tenía 19 y él había sobrepasado los 30. Como militar, se ausentaba frecuentemente para cumplir con los deberes de su guarnición. Siempre fue tolerante con la pasión de Émilie por la ciencia y le permitió dedicarse a ella una vez que dio a luz a sus hijos. Tuvieron tres hijos, el menor de los cuales murió a los pocos meses. Émilie decidió no volver a ser madre. La vida es complicada y no deja de ser trágico que su final fuera precisamente en su cuarto parto. Cuando Émilie y Voltaire, en plena relación de pareja, se fueron a vivir juntos para estudiar y escribir, lo hicieron a uno de los castillos del marqués de Châtelet en Cirey, quien les visitaba con frecuencia. Ella murió de su mano. 

Los logros científicos de la marquesa de Châtelet no son despreciables. Tradujo los Principios Matemáticos de Filosofía Natural de Newton, única traducción francesa de la obra, a la que añadió un importante prefacio. Cuando quedó embarazada mientras trabajaba en la traducción, la marquesa presintió que le llegaba el final y emprendió una carrera contrarreloj frente a la muerte. Trabajó sin descanso y acabó su traducción días antes de morir. 

Tradujo La Fábula de las Abejas de Bernard de Mandeville, modificando algo la obra. Omitió algunas partes y en la introducción defendió el rol de la mujer en la ciencia y la necesidad de la educación femenina. Mantuvo serios y fructíferos debates entre quienes defendían a Descartes y los partidarios de Leibniz (como ella) y Newton, en lo referente a la teoría de las fuerzas vivas. Fue entonces cuando publicó la Disertación sobre la naturaleza y propagación del fuego (1739). Su obra más importante fue Instituciones de Física, en la que exponía el estado de la ciencia y los principales debates explicando y defendiendo sus posiciones. Fue la primera mujer en publicar en la Academia de Ciencias de París. 

Sus logros y su figura se han visto deslucidos por su complicada vida amorosa y por las envidias que despertó entre hombres y mujeres de su época. La independencia de carácter unida al talento tiene un precio. 

Fuente: LOFF.IT





Lise Meitner


 

Lise Meitner y el descubrimiento de la fisión nuclear

Codescubridora de la fisión nuclear en 1938, la participación de Meitner fue ignorada por el jurado de los Nobel. La persecución racial, el miedo y el oportunismo se conjugaron para silenciar sus aportaciones. 

Meitner nació en Viena poco más de un año después de que la astrónoma pionera Maria Mitchell, quien allanó el camino para las mujeres en la ciencia al otro lado del Atlántico, advirtió a la primera clase de astrónomos: “Ninguna mujer debería decir: ‘¡No soy más que una mujer!’ ¡Pero una mujer! ¿Qué más se puede pedir que sea?” Aunque Meitner mostró un don para las matemáticas desde una edad temprana, había poca correlación entre la aptitud y la oportunidad para las mujeres en la Europa del siglo XIX. Al final de su larga vida, ella contaría, no con amargura sino con nostalgia: 

Pensando en … los tiempos de mi juventud, uno se da cuenta con asombro de cuántos problemas existían entonces en la vida de las niñas comunes y corrientes, que ahora parecen casi inimaginables. Entre los más difíciles de estos problemas estaba la posibilidad de una formación intelectual normal. 

La misma Sime, que pasó décadas como la única mujer en el departamento de su universidad, capta la necesidad cultural más amplia de contar la historia de Meitner: “Me conocían como la mujer que el departamento de química masculina no quería contratar; bajo tales circunstancias, uno se convierte, y sigue siendo, en una feminista”. Ella escribe sobre el ascenso de Sisyphean de Meitner a la estatura: 

Su escolarización en Viena terminó cuando tenía catorce años, pero unos años más tarde, la universidad admitió mujeres, y estudió física bajo el carismático Ludwig Boltzmann. De joven fue a Berlín sin las más mínimas perspectivas de futuro en física, pero nuevamente tuvo la suerte de encontrar un mentor y amigo en Max Planck y un colaborador en Otto Hahn, un químico de su edad. Juntos, Meitner y Hahn se hicieron un nombre en radioactividad, y luego, en la década de 1920, Meitner pasó, independientemente de Hahn, a la física nuclear, un campo emergente en el que fue pionera. En la comunidad de física de Berlín era, como le gustaba decir a Einstein, “nuestra Marie Curie”; entre los físicos de todas partes, era considerada como una de las grandes experimentadoras de su época … La joven, dolorosamente tímida, se había convertido en una profesora asertiva: “baja, oscura y mandona”, bromeaba su sobrino, y aunque a veces la atormentaba la inseguridad de su juventud, nunca dudó de que la física valiera la pena. 

Meitner nunca se casó ni tuvo hijos y, en lo que respecta a sus documentos personales, nunca tuvo un romance serio. Pero su vida era plena, animada por una profunda conexión humana: era una amiga excepcionalmente devota y se rodeaba de personas que apreciaba, en palabras de Meitner, como “grandes y adorables personalidades” que le proporcionaban un “acompañamiento musical mágico” en la vida. Sobre todo, estaba embrujada con la ciencia, tanto que pacientemente se deshizo de ella y eventualmente rompió todas las obstrucciones imaginables para perseguir su pasión.

Meitner llevó a cabo su primer experimento científico como una niña pequeña: una aplicación de la razón y el pensamiento crítico en un desafío empírico a la superstición. Sime retransmite el incidente emblemático:

Una vez, cuando Lise todavía era muy joven, su abuela le advirtió que nunca cosiera en el día de reposo, o los cielos se derrumbarían. Lise estaba bordando en ese momento y decidió hacer una prueba. Colocando su aguja en el bordado, metió solo la punta y miró ansiosamente al cielo, hizo una puntada, esperó de nuevo, y luego, satisfecha de que no hubiera objeciones desde arriba, contenta continuó con su trabajo. Junto con los libros, las caminatas de verano y la música, cierto escepticismo racional era una constante de los años de infancia de Lise. 

Dado que su educación formal había terminado a la edad de catorce años, Meitner pasó algunos años reprimiendo sus ambiciones científicas. Pero ellas ardieron en ella con un ardor irreprimible. Finalmente, cuando las universidades austriacas comenzaron a admitir mujeres en 1901, obtuvo su certificación de escuela secundaria a la edad de veintitrés años luego de comprimir ocho años de lógica, literatura, matemáticas, griego, latín, botánica, zoología y física en veinte meses de estudio para tomar el examen que la calificaría para la universidad. Recibió su Ph.D. en 1905, una de las pocas mujeres en el mundo que logró un doctorado en física en ese momento. 

Pero cuando Meitner, de 29 años, viajó a Berlín, con la esperanza de estudiar con el gran Max Planck, parecía haber ingresado en una máquina del tiempo: las universidades alemanas aún tenían las puertas firmemente cerradas para las mujeres. Tuvo que pedir un permiso especial para asistir a las conferencias de Planck.

En el otoño de 1907, conoció a Otto Hahn, un químico alemán cuatro meses menor que ella, tan interesado en la radioactividad como ella y sin oposición para trabajar con mujeres. Pero a las mujeres se les prohibió ingresar, y mucho menos trabajar en el Instituto Químico de Berlín, así que para colaborar, Meitner y Hahn tuvieron que trabajar en una antigua carpintería convertida en laboratorio en el sótano del edificio. A Hahn se le permitió trepar por los pisos, pero Meitner no lo hizo, un hecho difícil que se deriva de la metáfora.

Los dos científicos se llenaron mutuamente las lagunas con sus respectivas aptitudes: Meitner, entrenada en física, era una matemática brillante que pensaba conceptualmente y podía diseñar experimentos muy originales para poner a prueba sus ideas; Hahn, entrenado en química, destacaba en el puntillosos trabajo de laboratorio. Durante los treinta años que colaboraron, Meitner y Hahn surgieron como pioneros en el estudio de la radioactividad. Eventualmente, Meitner se independizó de Hahn, publicó cincuenta y seis artículos por su cuenta entre 1921 y 1934. 

Pero a medida que su carrera despegaba, los nazis comenzaron a usurpar Europa. El tercer colaborador de Meitner y Hahn, un científico junior llamado Fritz Strassmann, ya se había metido en problemas por negarse a unirse a las organizaciones nazis. En 1938, justo cuando los tres científicos realizaban sus experimentos más visionarios, las tropas nazis marcharon hacia Austria. Meitner se negaba a ocultar su herencia judía. Su única opción restante era irse, pero los nazis ya habían promulgado leyes antisemitas que prohibían que los profesores universitarios salieran del país. El 13 de julio, con la ayuda de Hahn y algunos otros amigos científicos, Meitner escapó por la frontera holandesa. De Holanda, emigró a Dinamarca, donde se quedó con su amigo Niels Bohr. Finalmente encontró un hogar permanente en el Instituto Nobel de Física en Suecia. (Tres siglos antes, Descartes, campeón supremo de la razón, también había huido a Suecia para evitar la Inquisición después de presenciar el juicio de Galileo). 

Ese noviembre, Hahn y Meitner se encontraron secretamente en Copenhague para discutir algunos resultados desconcertantes que Hahn y Strassmann habían obtenido: después de bombardear el núcleo de un átomo de uranio (número atómico 92) con un solo neutrón, habían terminado con el núcleo de radio (atómico número 88), que actuaba químicamente como el bario (56), un elemento con casi la mitad del peso atómico del radio, una transmutación aparentemente mágica que no tenía sentido físico. Que un pequeño neutrón moviéndose a baja velocidad desestabilizara y destruyera algo tan robusto como un átomo, derribando su número atómico y alterando su comportamiento químico, parecía tan mítico como David derrotando a Goliat con una honda. 

En ese momento, Hahn era uno de los mejores radioquímicos del mundo y Meitner una de los mejores físicos del mundo. Ella le dijo inequívocamente que su reacción química no tenía sentido en términos físicos y lo instó a repetir el experimento.

Meitner misma continuó reflexionando sobre la perplejidad. La epifanía llegó el día de Navidad, durante una caminata con su sobrino y colaborador, Otto Robert Frisch. Al relatar la ocasión en sus memorias, Frisch inadvertidamente proporcionaría la metáfora más perfecta de cómo las mujeres progresan en la ciencia en relación con sus pares varones:

Caminamos arriba y abajo en la nieve, yo en esquís y ella a pie (dijo y demostró que podía hacerlo igual de rápido). 

Al dar sentido a los resultados sin sentido, Meitner y Frisch propusieron lo que llamarían fisión nuclear, una palabra que se usa por primera vez en el séptimo párrafo del artículo que publicaron el mes siguiente. La idea de que un núcleo puede dividirse y transformarse en otro elemento fue radical; nadie lo había entendido antes. Meitner había proporcionado la primera comprensión de cómo y por qué sucedió esto. 

La fisión nuclear demostraría ser uno de los descubrimientos más poderosos y peligrosos en la historia de la humanidad, un poder que sucumbió a nuestras capacidades dobles para el bien y el mal: fue fundamental para la invención del arma más letal en la historia de la humanidad, la bomba atómica. De hecho, más adelante en la vida me refirieron cruelmente a Meitner como “la madre judía de la bomba atómica”, aunque su descubrimiento fue puramente científico, fue anterior a esta aplicación malévola en muchos años, y una vez que la vio puesta en práctica con fines destructivos, se negó rotundamente a trabajar en la bomba. Ella, como el resto del mundo, vio la bomba como un grave punto de inflexión para la humanidad. Años más tarde, emitiría un lamento agridulce para la época que terminó con su invención: 

Uno podía amar su trabajo y no atormentarse por el miedo a las cosas horribles y malévolas que las personas podrían hacer con hermosos hallazgos científicos.

El descubrimiento de la fisión en sí fue un ejemplo supremo de estos hermosos hallazgos científicos: un triunfo del intelecto humano sobre los misterios de la naturaleza, así como un testimonio de la interpretación como un acto creativo. Los resultados empíricos sin sentido fueron de Hahn, pero lo que extrajo significado de ellos fue la interpretación de Meitner: ella había descubierto, en el sentido propio de descubrir algo oculto a la vista, el principio subyacente que daba sentido a la gran perplejidad. 

Hahn tomó su visión innovadora y corrió con ella, publicando el descubrimiento sin mencionar su nombre. No importa si sus motivos fueron celos personales o la cobardía política de enfurecer a las autoridades nazis: el hecho es que Meitner se sintió profundamente traicionada por la injusticia. Escribió a su hermano Walter:

No tengo confianza en mí misma … Hahn acaba de publicar cosas absolutamente maravillosas basadas en nuestro trabajo en conjunto … por mucho que estos resultados me hagan feliz por Hahn, tanto personal como científicamente, mucha gente aquí debe pensar que no contribuí absolutamente con nada, y ahora estoy tan desanimada

En 1944, el descubrimiento de la fisión nuclear recibió el Premio Nobel de Química, solo para Hahn. Sime escribe: 

La distorsión de la realidad y la supresión de la memoria son temas recurrentes en cualquier estudio de la Alemania nazi y sus consecuencias. Según cualquier estándar normal de atribución científica, no habría habido dudas sobre el papel de Meitner en el descubrimiento de la fisión. Pues queda claro en el registro publicado y en la correspondencia privada que este fue un descubrimiento al que Meitner contribuyó de principio a fin -un descubrimiento inherentemente interdisciplinario que, sin duda, habría sido reconocido como tal, de no ser por la emigración forzada de Meitner.. Pero nada sobre este descubrimiento quedó intacto para la política de Alemania en 1938. Las mismas políticas raciales que expulsaron a Meitner de Alemania hicieron que fuera imposible que fuera parte de la publicación de Hahn y Strassmann, y peligroso para Hahn reconocer sus lazos continuos. Unas semanas después de que se hizo el descubrimiento, Hahn lo reclamó solo por química; en poco tiempo, él reprimió y negó no solo su colaboración oculta con un “no ario” en el exilio, sino también el valor de casi todo lo que ella había hecho antes. Fue autoengaño, provocado por el miedo. La deshonestidad de Hahn distorsionó el registro de este descubrimiento y casi le costó a Lise Meitner su lugar en su historia. 

Meitner recibió innumerables elogios en su vida e incluso tuvo un elemento químico, meitnerium, póstumamente llamado así, pero el desaire nunca fue corregido. A pesar de todos los obstáculos imaginables puestos ante ella en la búsqueda de una educación científica, ella había sobrevivido a la persecución nazi, y había soportado la angustia del exilio, consideraba que la omisión del Nobel era la pena más irredimible de su vida. Sime escribe: 

Excepto por unas breves declaraciones, ella no hizo campaña en su propio nombre; no escribió una autobiografía, ni autorizó una biografía durante su vida. Pocas veces habló de su lucha por la educación y la aceptación, aunque la inseguridad y el aislamiento de sus años formativos la afectaron profundamente más adelante. Y casi nunca hablaba de su emigración forzada, carrera destrozada o amistades rotas. Habría preferido que los elementos esenciales de su vida se obtuvieran de sus publicaciones científicas, pero sabía que en su caso eso no sería suficiente.[…]

Científica como era, conservó sus datos. Su rica colección de documentos personales, además del material de archivo de otras fuentes, proporciona la base para una comprensión detallada de su trabajo, su vida y el período excepcionalmente difícil en el que vivió.

Sime considera las implicaciones más sistémicas del caso de Meitner:

Insistir en que Meitner no contribuyó en nada al descubrimiento de la fisión, implicar que Meitner y Frisch habían recibido una ventaja injusta eran formas de negar que había sido tratada injustamente y, en un sentido más amplio, de negarse a enfrentar la injusticia y los crímenes del período nazi. En lugar de reconocer que la exclusión de Meitner de la fisión era política, Hahn y sus seguidores inventaron razones científicas espurias para ello. Arrogantemente, y con un orgullo nacional fuera de lugar, negaron la injusticia, crearon una nueva injusticia y se implicaron. 

Dada la cámara de resonancia de la opinión interpretativa que llamamos historia, la opinión de Hahn se hizo eco rápidamente por sus seguidores y, a su vez, por generaciones de periodistas y comentaristas acríticos sobre la historia de la ciencia. La exclusión del Nobel fue la más obvia, pero el borrón atroz del legado de Meitner no terminó ahí. El aparato de fisión -el mismo instrumento que había utilizado en su laboratorio de Berlín para hacer sus descubrimientos- se exhibió en el museo de ciencia de estreno de Alemania durante treinta y cinco años sin siquiera mencionar su nombre. 

Esto, por supuesto, estaba lejos de la última vez que una mujer fue excluida de un Premio Nobel por un descubrimiento que hizo o hizo posible con su importante contribución: es, quizás el más famoso, el descubrimiento de púlsares de Jocelyn Bell Burnell, por no decir nada de Vera Rubin, cuya confirmación de la existencia de la materia oscura proporcionó un gran salto en nuestra comprensión del universo y, sin embargo, décadas después sigue sin un Nobel. Pero como la física y novelista Janna Levin escribió en su excelente artículo de opinión de NPR sobre las debilidades de la aclamación científica, “los científicos no dedican sus vidas a la investigación a veces solitaria, angustiosa y agotadora de un universo austero porque quieren un premio”. 

Meitner misma expresó el mismo sentimiento en un discurso que dio en Viena a la edad de 75 años:

La ciencia hace que la gente alcance desinteresadamente la verdad y la objetividad; enseña a las personas a aceptar la realidad, con asombro y admiración, por no mencionar la profunda alegría y admiración que el orden natural de las cosas le brinda al verdadero científico.

Meitner murió en paz mientras dormía el 27 de octubre de 1968, días antes de cumplir noventa años. Otto Robert, uno de sus más queridos amigos, eligió la inscripción para su lápida:

Lise Meitner: una física que nunca perdió su humanidad.

Fuente: Enlace judío




Vandana Shiva


 

Vandana Shiva (1952)

 Científica, filósofa y escritora india. Estudió física en la universidad de Panjab, India. Posteriormente, realizó un máster en filosofía, en la universidad de Guelph y en 1979 se doctoró en Física cuántica, en la Universidad Occidental de Ontario, Canadá. Se inspiró en el movimiento Chipko, formado principalmente por mujeres que adoptaron la táctica de denuncia ecologista consistente en permanecer abrazadas a los árboles para evitar que fueran talados. Ha trabajado los vínculos entre la ecología, el género y la pobreza y se ha convertido en una de las activistas ambientales y antiglobalización más influyentes del mundo. Ha recibido diversos reconocimientos, entre ellos, el Premio Nobel Alternativo en 1993.

Entre los textos de Vandana Shiva, en español, se encuentran Abrazar la vida. Mujer, ecología y desarrollo (1995), La praxis del ecofeminismo: biotecnología, consumo y reproducción (1998), Cosecha robada: el secuestro del suministro mundial de alimentos (2003), Manifiesto para una democracia de la tierra: justicia, sostenibilidad y paz (2006), Monocultivos de la mente (2008).  Otros títulos más recientes son: The Vandana Shiva Reader (2014), Who Really Feeds the World? (2016)

Fuente: Vandana Shiva (1952) | Red española de Filosofía (redfilosofia.es)



Vandana Shiva | Ecofeminismo y la decolonización de las mujeres, la naturaleza y futuro

CLARA ZETKIN

  CLARA ZETKIN Pionera del movimiento de mujeres socialistas.  La periodista, oradora, maestra, revolucionaria y fundadora de la Segunda...