La mujer de la nueva sociedad será plenamente independiente en lo social y lo económico, no estará sometida lo más mínimo a ninguna dominación ni explotación. Por un mundo mejor, con justicia y dignidad para todos los seres humanos.
En 1923 se
convirtió en una de las primeras mujeres mexicanas electas para desempeñarse
como diputada en un congreso local.
El reconocimiento
de los derechos políticos de las mujeres en México es resultado de una ardua
batalla librada por loables luchadoras sociales que, contrario a lo que dictaba
su época, abogaron por la igualdad de las mujeres frente a los hombres y se
opusieron a que éstas fueran consideradas inferiores.
Una de esas
mujeres fue Elvia Carrillo Puerto (1821-1968), quien, influenciada a
muy corta edad por el pensamiento de importantes feministas como Mary
Wollstonecraft, tomó consciencia de las abrumadoras diferencias sociales entre
hombres y mujeres, así como de la brecha de oportunidades y explotación
padecidas por las poblaciones indígenas y campesinas de su natal Motul,
Yucatán.
El pensamiento
político de Elvia Carrillo fue nutrido desde su juventud gracias a la
influencia de su maestra Rita Cetina Gutiérrez, fundadora de la primera
escuela secundaria para mujeres en Yucatán y de la organización feminista “La
Siempre Viva”.
Luego de contraer
matrimonio a los 13 años y de enviudar una década más tarde, Carrillo Puerto
obtuvo cierta libertad que le permitió trabajar como maestra y
taquimecanógrafa.
En 1909 se unió a
la causa antirreeleccionista y su inquietud política por la igualdad de las
mujeres la llevó a organizar en 1912 la “Liga Feminista Campesina Rita Cetina”,
en la que se discutieron cuestiones sobre la propiedad de la tierra, jornadas
de trabajo y educación de las mujeres.
Para 1915 conoce
al general Salvador Alvarado, quien fue nombrado gobernador de Yucatán por
el presidente Venustiano Carranza. La afinidad política entre el
gobernador y Carrillo Puerto los llevó a colaborar estrechamente, al lado de
otras luchadoras, a favor de los derechos de las mujeres en la entidad.
En 1916 tuvo una
participación activa en los dos primeros congresos feministas del país
realizados en Yucatán. Estos espacios representaron importantes oportunidades
en el avance del debate sobre el derecho al voto de las mujeres.
En 1919, Carrillo
Puerto viajó por Yucatán con las “Ligas de Resistencia Feministas”,
agrupaciones que hacían un llamado a las mujeres para organizarse en torno a
diversos temas como el derecho al voto, el control de la natalidad y la libertad
de las mujeres.
Para 1922, cuando
su hermano Felipe Carrillo Puerto, con quien compartía convicciones
políticas, fue nombrado gobernador de Yucatán, se le asignó una oficina en el
edificio central del estado y organizó la “Liga Feminista Rita Cetina”, la
cual tenía el propósito de incluir el debate del voto femenino en las cámaras
legislativas.
En 1923, Elvia
Carrillo Puerto se convirtió en una de las primeras mujeres mexicanas electas
para desempeñarse como diputada en un congreso local.
Sin embargo, no
pudo ejercer plenamente sus actividades, pues tras el asesinato del gobernador
Felipe Carrillo Puerto en enero de 1924, se anularon las elecciones y fue
amenazada de muerte, razones por las que abandonó sus funciones.
Elvira Carrillo
escapó y se refugió en la Ciudad de México, donde siguió trabajando por el
reconocimiento del derecho al voto de las mujeres. Esta sufragista falleció el
15 de abril 1968 en la Ciudad de México.
La lucha y el
legado de Elvia Carrillo Puerto obtuvo frutos cuando en 1947, en la presidencia
de Miguel Alemán, se aprobó el derecho de la mujer a votar en las
elecciones municipales; sin embargo, fue hasta 1953, durante el mandato del
presidente Adolfo Ruiz Cortines, que por fin se reconoció el derecho de
las mujeres a votar en todas las elecciones.
El empeño, lucha
feminista e ideales políticos de igualdad y justicia social de Elvia Carrillo
Puerto la llevaron a ser recordada en la posteridad como la “Monja Roja
del Mayab”.
Remedios Varo se
impregnaría durante su estancia en París del movimiento surrealista. La
vanguardia alumbrada por André Bretón, -maestro y amigo de la pintora-
germinaría en México, gracias a la sensibilidad y genialidad de la artista.
Su tardía pero
intensa actividad, durante el exilio en el país hispanoamericano, permitió
que este periodo pictórico -vanguardia francesa de 1915, y cuya perspectiva
trataba de alcanzar dimensiones psicológicas freudianas- comenzara a destacar
entre las grandes obras plásticas de la época; y como resultado, Remedios Varo
alcanzaría el prestigio internacional. La visión surrealista de esta autora
haría nidos en las mentes de las figuras intelectuales de la década de los
50.
Nacida en la
provincia de Gerona y en el seno de una familia liberal, pudo
cultivar sus inquietudes culturales, las cuales plasmaba en sus ilustraciones
desde edad temprana.
Remedios estaría
en contacto con diversas culturas gracias a la movilidad, que desde pequeña la
llevaría a explorar nuevos mundos; desde su Gerona natal, Tánger
(Marruecos), Madrid, París y Barcelona.
Remedios se
entregó al arte gracias al apoyo familiar. Una vez que se graduó de la Real
Academia de Bellas Artes de San Fernando, se interesaría por la corriente
surrealista que seducía a París. Tras una breve temporada en la metrópoli
francesa, se asentó en Barcelona con su primer marido Gerardo Lizárraga; en
donde se involucraría en el colectivo «Logicofobistas», «Este movimiento
tenía por objetivo aunar el arte y la metafísica de un modo que desafiara a la
lógica y a la razón», afirma la autora.
Sin embargo, su
pensamiento y actividades propias de la vanguardia la obligarían abandonar el
continente, por el mismo desentendimiento entre los nacionalismos europeos.
«Cuando los nazis
ocuparon Francia, Remedios fue detenida en su calidad de odiada surrealista, y
cuando la liberaron decidió huir a la ciudad de México», a pesar de
padecer problemas cardiovasculares, Remedios no escatimó en llevar una
vida llena de emociones. Su naturaleza afortunadamente enamoradiza, sin
afectarle «el que dirán» por su odisea sentimental, la llevaría a militar
en cuerpo y alma con Benjamin Péret; a quien confiaría su destino en el exilio
en México.
«Conoció al poeta
surrealista francés Benjamin Péret, con quien inició una relación amorosa.
Ambos volvieron a París, donde se integraron en el movimiento surrealista junto
con Leonora Carrington y André Breton, con quien Varo colaboró», Remedios Varo
fue una mujer polífacética tanto en su vida creativa como profesional. A lo
largo de su vida adulta, tanto en París como durante su exilio en México,
se dedicaría principalmente a la ilustración publicitaria; aunque también
encontraría una corta pero sólida experiencia en la ciencia, en el campo de
la malariología.
Los pasillos
silenciosos de la injusticia. Lo que realmente la motivaba era aquella otra
vida paralela, en la que armada de valor; plasmaba su propia introspección.
Una obra pictórica, que aunque íntima -sin fines comerciales- denunciaba el
submundo en el que obligaban a vagar a las mujeres; en los pasillos silenciosos
de la injusticia social -o de género-. Sin embargo Remedios Varo dejaría
involuntariamente un legado feminista -que aún sin bucles de violencia-, que
permearía en la conciencia de la época y que junto a otros grandes
intelectuales y artistas como: Octavio Paz, Leonora Carrington, Frida
Khalo, Diego Rivera sumarían al gran contexto cultural de la década de los
50. De esta manera su inimitable personalidad y temática alumbrarían al surrealismo
plástico en México.
«La artista sentía
que -quizá debido a su sexo- no se le concedía el mismo estatus que a algunos
de sus compañeros, sentimiento que reflejaría en su obra», añadió la autora
de «Vidas extraordinarias».
No obstante no
sería al lado de Péret cuando su obra empezó a consolidarse. Tras separarse de
su segunda pareja, encontraría el amor y mecenazgo en Walter Gruen; quien
sería el gran soporte que permitiría a Remedios entregarse sin reservas a la
pintura.
«Sus cuadros
poblados de personajes andróginos que unas veces desempeñan actividades
científicas, otras que se sitúan en entornos místicos y otras representan la
supresión de las mujeres en el arte, empezaron a exponerse y venderse. Por
desgracia la carrera de Varo se vio truncada al morir de un ataque al corazón,
a la edad de 55 años.
Lise Meitner y el
descubrimiento de la fisión nuclear
Codescubridora de
la fisión nuclear en 1938, la participación de Meitner fue ignorada por el
jurado de los Nobel. La persecución racial, el miedo y el oportunismo se
conjugaron para silenciar sus aportaciones.
Meitner nació en
Viena poco más de un año después de que la astrónoma pionera Maria Mitchell,
quien allanó el camino para las mujeres en la ciencia al otro lado del
Atlántico, advirtió a la primera clase de astrónomos: “Ninguna mujer debería
decir: ‘¡No soy más que una mujer!’ ¡Pero una mujer! ¿Qué más se puede pedir
que sea?” Aunque Meitner mostró un don para las matemáticas desde una edad
temprana, había poca correlación entre la aptitud y la oportunidad para las
mujeres en la Europa del siglo XIX. Al final de su larga vida, ella contaría,
no con amargura sino con nostalgia:
Pensando en … los
tiempos de mi juventud, uno se da cuenta con asombro de cuántos problemas
existían entonces en la vida de las niñas comunes y corrientes, que ahora
parecen casi inimaginables. Entre los más difíciles de estos problemas estaba
la posibilidad de una formación intelectual normal.
La misma Sime, que
pasó décadas como la única mujer en el departamento de su universidad, capta la
necesidad cultural más amplia de contar la historia de Meitner: “Me conocían
como la mujer que el departamento de química masculina no quería contratar;
bajo tales circunstancias, uno se convierte, y sigue siendo, en una feminista”.
Ella escribe sobre el ascenso de Sisyphean de Meitner a la estatura:
Su escolarización
en Viena terminó cuando tenía catorce años, pero unos años más tarde, la
universidad admitió mujeres, y estudió física bajo el carismático Ludwig
Boltzmann. De joven fue a Berlín sin las más mínimas perspectivas de futuro en
física, pero nuevamente tuvo la suerte de encontrar un mentor y amigo en Max
Planck y un colaborador en Otto Hahn, un químico de su edad. Juntos, Meitner y
Hahn se hicieron un nombre en radioactividad, y luego, en la década de 1920,
Meitner pasó, independientemente de Hahn, a la física nuclear, un campo
emergente en el que fue pionera. En la comunidad de física de Berlín era, como
le gustaba decir a Einstein, “nuestra Marie Curie”; entre los físicos de todas
partes, era considerada como una de las grandes experimentadoras de su época …
La joven, dolorosamente tímida, se había convertido en una profesora asertiva:
“baja, oscura y mandona”, bromeaba su sobrino, y aunque a veces la atormentaba
la inseguridad de su juventud, nunca dudó de que la física valiera la pena.
Meitner nunca se
casó ni tuvo hijos y, en lo que respecta a sus documentos personales, nunca
tuvo un romance serio. Pero su vida era plena, animada por una profunda
conexión humana: era una amiga excepcionalmente devota y se rodeaba de personas
que apreciaba, en palabras de Meitner, como “grandes y adorables
personalidades” que le proporcionaban un “acompañamiento musical mágico” en la
vida. Sobre todo, estaba embrujada con la ciencia, tanto que pacientemente se
deshizo de ella y eventualmente rompió todas las obstrucciones imaginables para
perseguir su pasión.
Meitner llevó a
cabo su primer experimento científico como una niña pequeña: una aplicación de
la razón y el pensamiento crítico en un desafío empírico a la superstición.
Sime retransmite el incidente emblemático:
Una vez, cuando
Lise todavía era muy joven, su abuela le advirtió que nunca cosiera en el día
de reposo, o los cielos se derrumbarían. Lise estaba bordando en ese momento y
decidió hacer una prueba. Colocando su aguja en el bordado, metió solo la punta
y miró ansiosamente al cielo, hizo una puntada, esperó de nuevo, y luego,
satisfecha de que no hubiera objeciones desde arriba, contenta continuó con su
trabajo. Junto con los libros, las caminatas de verano y la música, cierto
escepticismo racional era una constante de los años de infancia de Lise.
Dado que su
educación formal había terminado a la edad de catorce años, Meitner pasó
algunos años reprimiendo sus ambiciones científicas. Pero ellas ardieron en
ella con un ardor irreprimible. Finalmente, cuando las universidades austriacas
comenzaron a admitir mujeres en 1901, obtuvo su certificación de escuela
secundaria a la edad de veintitrés años luego de comprimir ocho años de lógica,
literatura, matemáticas, griego, latín, botánica, zoología y física en veinte
meses de estudio para tomar el examen que la calificaría para la universidad.
Recibió su Ph.D. en 1905, una de las pocas mujeres en el mundo que logró un
doctorado en física en ese momento.
Pero cuando
Meitner, de 29 años, viajó a Berlín, con la esperanza de estudiar con el gran
Max Planck, parecía haber ingresado en una máquina del tiempo: las
universidades alemanas aún tenían las puertas firmemente cerradas para las
mujeres. Tuvo que pedir un permiso especial para asistir a las conferencias de
Planck.
En el otoño de
1907, conoció a Otto Hahn, un químico alemán cuatro meses menor que ella, tan
interesado en la radioactividad como ella y sin oposición para trabajar con
mujeres. Pero a las mujeres se les prohibió ingresar, y mucho menos trabajar en
el Instituto Químico de Berlín, así que para colaborar, Meitner y Hahn tuvieron
que trabajar en una antigua carpintería convertida en laboratorio en el sótano
del edificio. A Hahn se le permitió trepar por los pisos, pero Meitner no lo
hizo, un hecho difícil que se deriva de la metáfora.
Los dos
científicos se llenaron mutuamente las lagunas con sus respectivas aptitudes:
Meitner, entrenada en física, era una matemática brillante que pensaba
conceptualmente y podía diseñar experimentos muy originales para poner a prueba
sus ideas; Hahn, entrenado en química, destacaba en el puntillosos trabajo de
laboratorio. Durante los treinta años que colaboraron, Meitner y Hahn surgieron
como pioneros en el estudio de la radioactividad. Eventualmente, Meitner se
independizó de Hahn, publicó cincuenta y seis artículos por su cuenta entre
1921 y 1934.
Pero a medida que
su carrera despegaba, los nazis comenzaron a usurpar Europa. El tercer
colaborador de Meitner y Hahn, un científico junior llamado Fritz Strassmann,
ya se había metido en problemas por negarse a unirse a las organizaciones
nazis. En 1938, justo cuando los tres científicos realizaban sus experimentos
más visionarios, las tropas nazis marcharon hacia Austria. Meitner se negaba a
ocultar su herencia judía. Su única opción restante era irse, pero los nazis ya
habían promulgado leyes antisemitas que prohibían que los profesores
universitarios salieran del país. El 13 de julio, con la ayuda de Hahn y
algunos otros amigos científicos, Meitner escapó por la frontera holandesa. De
Holanda, emigró a Dinamarca, donde se quedó con su amigo Niels Bohr. Finalmente
encontró un hogar permanente en el Instituto Nobel de Física en Suecia. (Tres
siglos antes, Descartes, campeón supremo de la razón, también había huido a
Suecia para evitar la Inquisición después de presenciar el juicio de Galileo).
Ese noviembre,
Hahn y Meitner se encontraron secretamente en Copenhague para discutir algunos
resultados desconcertantes que Hahn y Strassmann habían obtenido: después de
bombardear el núcleo de un átomo de uranio (número atómico 92) con un solo
neutrón, habían terminado con el núcleo de radio (atómico número 88), que
actuaba químicamente como el bario (56), un elemento con casi la mitad del peso
atómico del radio, una transmutación aparentemente mágica que no tenía sentido
físico. Que un pequeño neutrón moviéndose a baja velocidad desestabilizara y
destruyera algo tan robusto como un átomo, derribando su número atómico y
alterando su comportamiento químico, parecía tan mítico como David derrotando a
Goliat con una honda.
En ese momento,
Hahn era uno de los mejores radioquímicos del mundo y Meitner una de los
mejores físicos del mundo. Ella le dijo inequívocamente que su reacción química
no tenía sentido en términos físicos y lo instó a repetir el experimento.
Meitner misma
continuó reflexionando sobre la perplejidad. La epifanía llegó el día de
Navidad, durante una caminata con su sobrino y colaborador, Otto Robert Frisch.
Al relatar la ocasión en sus memorias, Frisch inadvertidamente proporcionaría
la metáfora más perfecta de cómo las mujeres progresan en la ciencia en
relación con sus pares varones:
Caminamos arriba y
abajo en la nieve, yo en esquís y ella a pie (dijo y demostró que podía hacerlo
igual de rápido).
Al dar sentido a
los resultados sin sentido, Meitner y Frisch propusieron lo que llamarían fisión
nuclear, una palabra que se usa por primera vez en el séptimo párrafo del
artículo que publicaron el mes siguiente. La idea de que un núcleo puede
dividirse y transformarse en otro elemento fue radical; nadie lo había
entendido antes. Meitner había proporcionado la primera comprensión de cómo y
por qué sucedió esto.
La fisión nuclear
demostraría ser uno de los descubrimientos más poderosos y peligrosos en la
historia de la humanidad, un poder que sucumbió a nuestras capacidades dobles
para el bien y el mal: fue fundamental para la invención del arma más letal en
la historia de la humanidad, la bomba atómica. De hecho, más adelante en la
vida me refirieron cruelmente a Meitner como “la madre judía de la bomba
atómica”, aunque su descubrimiento fue puramente científico, fue anterior a
esta aplicación malévola en muchos años, y una vez que la vio puesta en
práctica con fines destructivos, se negó rotundamente a trabajar en la bomba.
Ella, como el resto del mundo, vio la bomba como un grave punto de inflexión
para la humanidad. Años más tarde, emitiría un lamento agridulce para la época
que terminó con su invención:
Uno podía amar su
trabajo y no atormentarse por el miedo a las cosas horribles y malévolas que
las personas podrían hacer con hermosos hallazgos científicos.
El descubrimiento
de la fisión en sí fue un ejemplo supremo de estos hermosos hallazgos
científicos: un triunfo del intelecto humano sobre los misterios de la
naturaleza, así como un testimonio de la interpretación como un acto creativo.
Los resultados empíricos sin sentido fueron de Hahn, pero lo que extrajo
significado de ellos fue la interpretación de Meitner: ella había descubierto,
en el sentido propio de descubrir algo oculto a la vista, el principio
subyacente que daba sentido a la gran perplejidad.
Hahn tomó su
visión innovadora y corrió con ella, publicando el descubrimiento sin mencionar
su nombre. No importa si sus motivos fueron celos personales o la cobardía
política de enfurecer a las autoridades nazis: el hecho es que Meitner se sintió
profundamente traicionada por la injusticia. Escribió a su hermano Walter:
No tengo confianza
en mí misma … Hahn acaba de publicar cosas absolutamente maravillosas basadas
en nuestro trabajo en conjunto … por mucho que estos resultados me hagan feliz por
Hahn, tanto personal como científicamente, mucha gente aquí debe pensar que no
contribuí absolutamente con nada, y ahora estoy tan desanimada
En 1944, el
descubrimiento de la fisión nuclear recibió el Premio Nobel de Química, solo
para Hahn. Sime escribe:
La distorsión de
la realidad y la supresión de la memoria son temas recurrentes en cualquier
estudio de la Alemania nazi y sus consecuencias. Según cualquier estándar
normal de atribución científica, no habría habido dudas sobre el papel de
Meitner en el descubrimiento de la fisión. Pues queda claro en el registro
publicado y en la correspondencia privada que este fue un descubrimiento al que
Meitner contribuyó de principio a fin -un descubrimiento inherentemente
interdisciplinario que, sin duda, habría sido reconocido como tal, de no ser
por la emigración forzada de Meitner.. Pero nada sobre este descubrimiento
quedó intacto para la política de Alemania en 1938. Las mismas políticas
raciales que expulsaron a Meitner de Alemania hicieron que fuera imposible que
fuera parte de la publicación de Hahn y Strassmann, y peligroso para Hahn
reconocer sus lazos continuos. Unas semanas después de que se hizo el
descubrimiento, Hahn lo reclamó solo por química; en poco tiempo, él reprimió y
negó no solo su colaboración oculta con un “no ario” en el exilio, sino también
el valor de casi todo lo que ella había hecho antes. Fue autoengaño, provocado
por el miedo. La deshonestidad de Hahn distorsionó el registro de este
descubrimiento y casi le costó a Lise Meitner su lugar en su historia.
Meitner recibió
innumerables elogios en su vida e incluso tuvo un elemento químico, meitnerium,
póstumamente llamado así, pero el desaire nunca fue corregido. A pesar de todos
los obstáculos imaginables puestos ante ella en la búsqueda de una educación
científica, ella había sobrevivido a la persecución nazi, y había soportado la
angustia del exilio, consideraba que la omisión del Nobel era la pena más
irredimible de su vida. Sime escribe:
Excepto por unas
breves declaraciones, ella no hizo campaña en su propio nombre; no escribió una
autobiografía, ni autorizó una biografía durante su vida. Pocas veces habló de
su lucha por la educación y la aceptación, aunque la inseguridad y el
aislamiento de sus años formativos la afectaron profundamente más adelante. Y
casi nunca hablaba de su emigración forzada, carrera destrozada o amistades
rotas. Habría preferido que los elementos esenciales de su vida se obtuvieran
de sus publicaciones científicas, pero sabía que en su caso eso no sería suficiente.[…]
Científica como
era, conservó sus datos. Su rica colección de documentos personales, además del
material de archivo de otras fuentes, proporciona la base para una comprensión
detallada de su trabajo, su vida y el período excepcionalmente difícil en el
que vivió.
Sime considera las
implicaciones más sistémicas del caso de Meitner:
Insistir en que
Meitner no contribuyó en nada al descubrimiento de la fisión, implicar que
Meitner y Frisch habían recibido una ventaja injusta eran formas de negar que
había sido tratada injustamente y, en un sentido más amplio, de negarse a
enfrentar la injusticia y los crímenes del período nazi. En lugar de reconocer
que la exclusión de Meitner de la fisión era política, Hahn y sus seguidores
inventaron razones científicas espurias para ello. Arrogantemente, y con un
orgullo nacional fuera de lugar, negaron la injusticia, crearon una nueva
injusticia y se implicaron.
Dada la cámara de
resonancia de la opinión interpretativa que llamamos historia, la opinión de
Hahn se hizo eco rápidamente por sus seguidores y, a su vez, por generaciones
de periodistas y comentaristas acríticos sobre la historia de la ciencia. La
exclusión del Nobel fue la más obvia, pero el borrón atroz del legado de
Meitner no terminó ahí. El aparato de fisión -el mismo instrumento que había
utilizado en su laboratorio de Berlín para hacer sus descubrimientos- se
exhibió en el museo de ciencia de estreno de Alemania durante treinta y cinco
años sin siquiera mencionar su nombre.
Esto, por
supuesto, estaba lejos de la última vez que una mujer fue excluida de un Premio
Nobel por un descubrimiento que hizo o hizo posible con su importante
contribución: es, quizás el más famoso, el descubrimiento de púlsares de
Jocelyn Bell Burnell, por no decir nada de Vera Rubin, cuya confirmación de la
existencia de la materia oscura proporcionó un gran salto en nuestra
comprensión del universo y, sin embargo, décadas después sigue sin un Nobel.
Pero como la física y novelista Janna Levin escribió en su excelente artículo de
opinión de NPR sobre las debilidades de la aclamación científica, “los
científicos no dedican sus vidas a la investigación a veces solitaria,
angustiosa y agotadora de un universo austero porque quieren un premio”.
Meitner misma
expresó el mismo sentimiento en un discurso que dio en Viena a la edad de 75
años:
La ciencia hace
que la gente alcance desinteresadamente la verdad y la objetividad; enseña a
las personas a aceptar la realidad, con asombro y admiración, por no mencionar
la profunda alegría y admiración que el orden natural de las cosas le brinda al
verdadero científico.
Meitner murió en
paz mientras dormía el 27 de octubre de 1968, días antes de cumplir noventa
años. Otto Robert, uno de sus más queridos amigos, eligió la inscripción para
su lápida:
Lise Meitner: una
física que nunca perdió su humanidad.
Hipatia fue
la primera mujer filósofa neoplatónica helenista, astrónoma y matemática,
que vivió en Alejandría, Egipto, entonces parte del Imperio Romano de Oriente.
Era la directora de la escuela Neoplatónica en Alexandria, donde
enseñó filosofía y astronomía. Ella es la primera mujer
matemática cuya vida está razonablemente bien registrada.
Hipatia nació
en Alejandría, Egipto. Su padre, Teón de Alejandría, fue un
importante filósofo y matemático que se dedicaba a la investigación y a la
enseñanza en el Museo de Alejandría. De su madre no se tienen datos. Teón
quiso que su hija recibiera una educación científica muy completa por lo que se
educó en el propio Museo y formó parte de él hasta su muerte.
Pese a ser una
mujer llena de atributos físicos e intelectuales, rechazó
casarse, para poder dedicarse por completo a la ciencia. Se especializó en
varias disciplinas: filosofía, matemáticas, astronomía y música.
Trabajó enseñando sus conocimientos en el Museo de Alejandría e incluso llegó a
dirigirlo alrededor del año 400.
Escribió libros
sobre geometría, álgebra y astronomía y mejoró el
diseño de los primitivos astrolabios. Realizó cartografía de
los cuerpos celestes, confeccionando un planisferio, y mostró interés por la mecánica.
En aquella época
existía un problema de poder entre la iglesia y el Estado,
Hipatia se inclinaba por el Estado y por tener pensamientos liberales
y puntos de vista filosóficos y científicos avanzados por
lo que fue vista como una mujer pagana y fue foco de disturbios entre
cristianos y no cristianos.
El nuevo obispo de
Alejandría, Cirilo la tachó de bruja, y se cree que fue quien la
mandó matar en 415, Hipatia fue golpeada, desnudada, violada, arrastrada por la
ciudad y asesinada por los parabolanos, un grupo de monjes integristas, ya
que se sentían amenazados por su conocimiento y pensamiento. Este
acontecimiento llevó a Alejandría a decaer.
La mayor
contribución de Hipatia a la ciencia fue por medio de su trabajo como
matemática, principalmente en el área de álgebra. Escribió una versión
comentada de la Aritmética de Diofanto. Fue autora de una versión
“simplificada” de las Cónicas de Apolonio, la cual resumió en 8 libros y
asistió a su padre en la revisión de los Elementos de Euclides,
edición que es utilizada en la actualidad.
Realizó una
importante mejora del astrolabio lo que mejoró su uso
en astronomía esférica. Hipatia también desarrolló un aparato que fue
utilizado para destilar agua, otro para medir el nivel del agua y
un hidrómetro para medir la densidad de un líquido. Todos estos
aparatos estaban basados en el trabajo previo de Arquímedes.
Hipatia siempre
buscó la forma de defender su pensamiento y la filosofía como
sujetos ajenos al dogma y a las religiones. Nunca aceptó
chantajes por parte de los cristianos. Definitivamente podemos decir que fue
una gran mujer que supo aunar en un solo ser, pensamiento, ciencia y libertad,
ya que para ella en el movimiento de las ideas se
fundamentaba en la esencia de la filosofía y en el camino a
la libertad individual. También, siguiendo su
pensamiento formó parte de la élite pagana manteniéndose fiel a
sus antiguas ideas y creencias clásicas.
El trabajo que
realizó Hipatia se perdió hace muchos años atrás. Sin embargo, en las cartas
de Sinesio de Cirene, se encuentran registros de que ella elaboró y
construyó un astrolabio, un hidroscopio y un hidrómetro, lo
que refleja su inteligencia, su capacidad y creatividad tecnológica
y su interés por la astronomía.
Su labor
investigadora fue plasmada en numerosos manuscritos, como por ejemplo los
“Comentarios a la Aritmética de Diofanto” quien fue considerado el padre del
álgebra y la aritmética y cuyos trabajos se centraron en ecuaciones
algebraicas y teoría de números. Otros de sus importantes aportes en
el área de las matemáticas fue la edición de “los elementos de Euclides” que
encierra un tratado de geometría.
Su filosofía se
fundamentaba en la escuela neoplatónica, en una sociedad que basaba el
pensamiento en el descubrimiento del cosmos como un universo ordenado
por leyes. El pensamiento para ella era el método ideal para conocer la verdad y
mejorar el conocimiento.
Apoyaba la igualdad
de género y las mismas condiciones tanto para hombres como para
mujeres, creía que las personas debían tener independencia cultural, clase
social y género porque todas tenían un alma.
La importancia de
Hipatia radica principalmente en que fue una de las primeras mujeres de
la historia que contribuyó al desarrollo de las matemáticas. Hipatia,
logró destacar entre aquel grupo de sabios que rivalizaban en la astronomía, filosofía, matemáticas y
otras ciencias. A ella acudían estudiantes de todo el mundo, y de todas las
religiones. Enseñó matemáticas, astronomía, filosofía y mecánica y
llegó a ocupar la cátedra de Filosofía de Plotino.
Se hizo muy famosa
y fue conocida como” la filósofa”. Sus trabajos científicos fueron de gran
importancia como, por ejemplo, sus comentarios al III libro del Almagesto influyendo
en las teorías copernicanas. Además, construyó el astrolabio y
un hidrómetro para medir la densidad del agua.
Analizó las
divisiones instauradas en razón de sexo o raza
Adrienne Rich
muere a los 82 años en Santa Cruz, California, donde vivió desde 1976 en
compañía de la también escritora y editora Michelle Cliff, quien desde 1970,
tras la disolución de un matrimonio en el que había sido madre de tres hijos,
sería su compañera hasta el final de su vida. Dentro del movimiento feminista
fue una de sus más veneradas representantes y, gracias a sus brillantes ensayos
y análisis críticos, una indiscutible y obligada referencia de las teorías y
estudios sobre la mujer.
Inteligente y
provocadora, era una de las poetas de mayor talento de EE UU y del panorama
general de la poesía en lengua inglesa. Prestigiada y premiada desde sus
inicios (W. H. Auden elogió y prologó su primer libro de poemas en 1951),
recorrió sin embargo un largo camino de exploración poética y de autoanálisis
existencial, cruciales en el cuestionamiento activo del patriarcado
institucional, de la autoridad y la tradición literaria masculinas,
convirtiéndose en una de las conciencias críticas más independientes y una de
las voces femeninas más importantes de la historia.
Tras décadas de
trabajo como escritora y activista comprometida, sus agudas reflexiones
personales han articulado, con sorprendente precisión, problemas y cuestiones
relativas a la liberación de la mujer reflexionando sobre su identidad y
conciencia individuales, y sobre el papel de la escritura dentro de esos
planteamientos. Su discurso poético y teórico mantiene un alto grado de
atención crítica y lectora, pero es a partir de los años sesenta con Instantáneas
de una nuera (1963) cuando se revela profundamente personal, capaz de romper
todos los límites impuestos expandiendo el alcance de su obra. Ella misma se coloca
en el centro de una irreprochable escritura deudora de una destacada tradición
femenina, para crear una identidad y un lenguaje que, con manifiesto vigor e
inteligencia, trascienden radicalmente su propia ideología. Rich lleva hasta
sus últimas consecuencias ese eslogan surgido en el corazón del feminismo —lo
personal es político—, teniendo muy clara la importancia radical que la
experiencia personal de las mujeres desempeña como fuente y recurso para
construir su futuro. Basta recordar su mítico libro en prosa Nacemos de
mujer (1976), que es todavía uno de los mayores clásicos de la literatura
femenina.
Una escritura
siempre en primera persona, que relaciona conciencia y pensamiento. Prosa y
poesía se muestran como el haz y el envés de un pensamiento donde la reflexión
profunda del ensayo sostiene la realización explícita del poema. Esa coherente
integridad entre pensamiento y acción se expresa en la corporeidad de un
lenguaje ejemplo de compromiso incorruptible con el progreso y la conciencia de
ser mujer. Su obra estudia y analiza las divisiones y dualidades instauradas en
razón del sexo y la sexualidad, la raza o las creencias, poniendo en primer
plano sus directas conexiones con el racismo, los prejuicios y la ceguera de
clase o el antisemitismo. Aboga por equiparar el movimiento de los derechos
civiles al de liberación de la mujer, y en uno de sus más famosos
ensayos, Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana, estudia
la historia y la identidad lesbianas como elemento de ruptura de la cultura y
la política heterosexuales, elaborando una perspectiva capaz de tener en cuenta
todas las diferencias entre mujeres, hombres, lugares, épocas, culturas,
condiciones, clases y movimientos a la hora de reconocer la experiencia
individual en la esfera política. Vida y obra se hicieron inseparables en quien
sabía que “una mujer que piensa duerme con monstruos”. Cuando le otorgaron en
1974 el Premio Nacional del Libro, y en desacuerdo con la política de Bill
Clinton, lo rechazó en forma individual para recibirlo en nombre de todas las
mujeres, junto con las nominadas poetas negras Alice Walker y Audre Lorde. Uno
de los muchos ejemplos de honestidad y compromiso de quien demostró que la
literatura todavía puede reclamarnos responsabilidades.
Marie Gouze,
más conocida como Olympe de Gouges, fue una escritora francesa, autora, el año
1791, de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana.
Nacida en Montauban, en una familia humilde. Se casó muy joven y quedó viuda en
poco tiempo con un hijo a su cargo. En 1788 se trasladó a París donde se cambió
el nombre y emprendió una carrera literaria redactando obras de teatro, a pesar
de la escasa educación que había recibido. Con el dinero que ganaba, casi no
podía mantenerse.
En 1789 se asomó a la Revolución Francesa defendiendo una monarquía moderada.
Fue en este periodo cuando escribió un gran número de artículos, manifiestos y
discursos (unos treinta en total). Su pensamiento propio de la Ilustración ya
se había plasmado antes en algunas de sus obras de teatro como La esclavitud de
los negros donde criticaba con dureza la esclavitud.
Admiraba en Mirabeau y en La Fayette. En 1791 escribió su famosa Declaración de
los Derechos de la Mujer y la Ciudadana como reacción a la Declaración de los Derechos
del Hombre y del Ciudadano que sólo reconocía la condición de ciudadanía a los
hombres y dejaba a las mujeres en una situación de inferioridad. Su Declaración
de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana empezaba con las siguientes
palabras:
¿"Hombre, eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta."
Siguiendo la línea de Montesquieu, defendió la separación de poderes sin
contradecirse con el hecho de que en 1793 iniciara la defensa de Luís XVI y se
opusiera a Robespierre i Marat.
Por sus ideas políticas fue guillotinada el 3 de noviembre de 1793 acusada de
ser la autora de un cartel girondino.
Judith Pamela
Butler (Cleveland, 24 de febrero de 1956)
es una filósofaposestructuralistajudeo-estadounidense
que ha realizado importantes aportes en el campo del feminismo,
la filosofíapolítica
y la ética, habiendo sido una de las
teóricas fundacionales de la teoría queer.
(La teoría queer es un conjunto de
ideas sobre el género y la sexualidad
humana que sostiene que los géneros, las identidades
sexuales y las orientaciones sexuales no están esencialmente
inscritos en la naturaleza biológica humana,
sino que son el resultado de una construcción social, que varía en cada
sociedad.) Se desempeña desde 1993 como profesora en la Universidad de
California en Berkeley, formando parte del Departamento de Literatura Comparada y Estudios de la
Mujer y el Programa de Teoría Crítica.
Fue autora de El Género en
disputa. Feminismo y la subversión de la identidad (1990) y (1993), en los que desafía las nociones
convencionales de género y desarrolla su teoría de la performatividad de
género. Estas obras significaron grandes aportes en los campos donde Butler se
desempeña. Otros de sus trabajos tratan problemas relevantes para diversas
disciplinas académicas, tales como la filosofía,
la teoría literaria, el derecho,
la sociología,
la ciencia
política, el cine
y la literatura.
A lo largo de
los años, Butler ha apoyado a los movimientos
sociales por los derechos LGBT y se ha pronunciado sobre muchos
temas políticos contemporáneos, incluyendo críticas al sionismo,
la política israelí, y sus efectos en el conflicto palestino-israelí.
Editado en
1990, El género en disputa posicionó a la pensadora estadounidense, Judith
Butler, como una de las filósofas más influyentes de la escena cultural
contemporánea. Con este texto, la autora cuestionó el sexo como configuración
natural y argumentó que el género es más bien una construcción social. Si bien
no estuvo libre de tensiones con otros pensadores, el libro rápidamente se
convirtió en una de las obras fundacionales de lo que se conoció como la
“teoría queer” y los “estudios de género”, en tanto campos interdisciplinarios
de análisis.
Antes de la
publicación de El género en disputa, “las ideas se dividían a grandes rasgos
entre las que entendían al género como la interpretación cultural del sexo y
aquellas que insistían en la inevitabilidad de la diferencia sexual. Ambas
presuponían que el ‘sexo’, entendido como un elemento tributario de una
anatomía que no era cuestionada, era algo ‘natural’, que no dependía de las
configuraciones sociohistóricas”, comenta la socióloga y doctora en Estudios de
Género, Leticia Sabsay, en uno de sus textos. Y agrega: “Butler plantea que el
‘sexo’ entendido como la base material o natural del género, como un concepto
sociológico o cultural, es el efecto de una concepción que se da dentro de un
sistema social ya marcado por la normativa del género. En otras palabras, que
la idea del ‘sexo’ como algo natural se ha configurado dentro de la lógica del
binarismo del género”.
Además, Butler
introdujo otro de los temas que hicieron tambalear todo lo que se conocía hasta
el momento y que disparó la teoría queer: el género como algo performativo. Es
decir, el género como una "actuación" reiterada que se realiza en
función de cierta convención social preexistente. “En la performatividad del
género, el sujeto no es el dueño de su género, y no realiza simplemente la
‘performance’ que más le satisface, sino que se ve obligado a ‘actuar’ el
género en función de una normativa genérica que promueve y legitima o sanciona
y excluye. En esta tensión, la actuación del género que una deviene es el
efecto de una negociación con esta normativa”, explica Sabsay.
De algún modo,
la obra de Judith Butler impuso una suerte de giro copernicano con el que los
conceptos de sexo, identidad, género, política, performatividad,
homosexualidad, heteronormatividad y deseo, entre otros, comenzaron a
repensarse desde otras perspectivas.
Fuente: Judith Butler, 30 años de “El género en disputa” | Ministerio de Cultura
La autora
británica se ha convertido en un mito de la literatura y del feminismo. Pero la
vida de Virginia Woolf estuvo marcada por la inestabilidad emocional y por
varios intentos de suicidio. Al final, la autora acabó con su sufrimiento en
1941, tras arrojarse a las aguas del río Ouse.
Josep
Gavaldà
Considerada como
una de las escritoras referentes del modernismo vanguardista del siglo XX y del
movimiento feminista, a Virginia Woolf, nacida en Londres como Adeline Virginia
Stephen el 25 de enero de 1882, le tocó vivir en un mundo de hombres. En una de
sus obras, Una habitación propia, la autora llegó a preguntarse: "¿Qué
necesitan las mujeres para escribir buenas novelas? Independencia económica y
personal, o sea, una habitación propia".
La infancia de
Virginia estuvo rodeada de intelectualidad por los cuatro costados. En su casa
se respiraba arte, política y un ambiente tan liberal como complejo. A pesar de
esto, fueron sus hermanos varones los únicos que pudieron estudiar en la Universidad,
ya que se consideraba que las mujeres de la familia debían quedarse en casa
para cuidar de su padre y, por lo tanto, ser educadas por un tutor. Los
recuerdos de infancia de Virginia se enmarcan en sus visitas veraniegas a la
zona de Cornualles donde su familia se trasladaba en verano. La casa familiar
tenía unas fantásticas vistas a la playa y al faro, algo que posteriormente, en
1927, la autora reflejaría en su obra Al faro, cuya portada estaría ilustrada
por su hermana Vanessa, una de las introductoras del impresionismo en
Inglaterra.
A los trece años,
Virginia sufrió un duro golpe del cual no se recuperaría jamás. El 5 de mayo de
1895 su madre murió repentinamente a causa de una fiebre reumática. Este hecho
provocó en Virginia su primera crisis depresiva. A esto se unió, dos años más
tarde, la muerte de su hermana Stella. Pero esto no fue lo único por lo que
tuvo que pasar Virginia. En una obra autobiográfica, la autora desliza que tuvo
que soportar abusos sexuales por parte de dos de sus hermanastros (hijos de un
matrimonio anterior de su madre) y que a raíz de ello jamás pudo dejar de
sentir desconfianza hacia los hombres y desarrolló una visión romántica de las
mujeres. En 1905, su padre murió de cáncer, y antes de que Virginia hubiera
cumplido los 23 años ya se había intentado suicidar. A pesar de no haberlo
conseguido, sufrió una fuerte crisis nerviosa por la que tuvo que ser ingresada
durante un tiempo.
Tras la muerte de
su padre, Virginia y tres de sus hermanos, Vanessa, Adrian y Thoby, se
trasladaron a Bloomsbury, en la zona oeste de Londres. Convertida en centro de
reunión para un grupo elitista de intelectuales británicos, por su casa pasaron
figuras de la talla del economista John Maynard Keynes, los filósofos Bertrand
Russell y Ludwig Wittgenstein, escritores como T. S. Eliot o la líder del
movimiento sufragista Emmeline Pankhurst. Todos ellos formaron el grupo
conocido como "Círculo de Bloomsbury". Las reuniones que se llevaban
a cabo en la casa abrieron un nuevo mundo para Virginia, que de pronto se vio
rodeada de ideas sobre la igualdad, el feminismo, la aceptación de la
homosexualidad y la bisexualidad, el amor por el arte, el pacifismo y el ecologismo.
Hoy en día se
considera que Virgina Woolf padeció un trastorno bipolar con fases depresivas
severas. A pesar de que la inestabilidad mental de la joven era importante, en
agosto de 1912 se casó con el teórico político, escritor, editor y antiguo funcionario
público británico, Leonard Woolf. Los trastornos más graves que padeció Virgina
los sufriría entre los años 1913 y 1915. El 9 de septiembre de 1913, Virginia
ingirió cien gramos de veronal, en otro intento por quitarse la vida.
En 1925, Virginia
lograría un gran éxito con la publicación de su novela La señora Dalloway. La
obra nos cuenta un día en la vida londinense de Clarissa, una dama de alta
alcurnia casada con un diputado conservador y madre de una adolescente. La
historia comienza una soleada mañana de 1923 y termina esa misma noche, cuando
empiezan a retirarse los invitados de una fiesta que se celebra en la mansión
de los Dalloway. Aunque en el transcurso de la jornada sucede un hecho trágico:
el suicidio de un joven que había vuelto de la guerra psíquicamente perturbado.
Lo más destacable de la obra radica en el modo de narrar la historia, ya que
los hechos se cuentan desde el punto de vista de los personajes de un modo
íntimo. Ese año, Virginia conoció a la también escritora Vita Sackville-West,
con la que mantuvo una relación amorosa. Vita también estaba casada y aunque la
relación entre ellas acabó sin que se separasen de sus respectivos maridos, la
amistad entre ambas mujeres se mantendría durante el resto de sus vidas.
OBJETIVO DE LOS
NAZIS
En el marco de la
Operación León Marino, por la cual el ejército nazi iba a invadir Gran Bretaña,
Hitler redactó una lista negra en la que se encontraban los nombres de autores
tan carismáticos como Aldous Huxley, H.G. Wells y la propia Virginia
Woolf.Virginia ignoraba que existiera tal lista, pero en el caso de que
Alemania acabara invadiendo Gran Bretaña, el matrimonio sabía que tarde o
temprano los nazis irían por ellos, puesto que Virginia era una renombrada
intelectual y su marido Leonard era judío.Llegado el caso, la pareja tenía
planeado suicidarse en su garaje aspirando los gases del tubo de escape de su
vehículo. Además, Leonard guardaba bajo llave un frasco con una dosis letal de
morfina que le había proporcionado Adrian, el hermano psiquiatra de Virginia,
por si se complicaban las cosas.
Aunque las
circunstancias personales de la escritora afectaron a su forma de encarar la
existencia, algunos de los personajes de ficción de Virginia dejan pistas
acerca del estado psicológico de su autora, como por ejemplo la ansiedad y el
delirio. Fruto de sus crisis, las ideas y las palabras fluían como un río
agitado. Durante los primeros brotes de su enfermedad, la escritora llegó a
afirmar que había oído cantar a los pájaros en griego, escena que años más
tarde reproduciría en sus obras La señora Dalloway y Los años.
VENCIDA POR SUS
FANTASMAS
Virginia se veía
reflejada en los personajes de sus obras, que rezuman depresión y escepticismo,
y en los cuales la idea del suicidio y el miedo a la gente son recurrentes. A
Virginia le aterraba la soledad, era muy autocrítica y se sentía invadida a
menudo por un sentimiento de culpa. También sufría terribles dolores de cabeza
e insomnio. Algunos médicos que la trataron, atribuyeron a la escritura sus
problemas de salud. Algunos le recomendaron incluso que lo dejara, ya que los
brotes más fuertes que sufría, que en su diario ella definía como "la
ola" y "el horror", se producían tras el gran esfuerzo que le
suponía escribir. A pesar de estas recomendaciones, Virginia siguió
escribiendo, aunque a veces tuvo períodos de inactividad. Gracias a que no dejó
de hacerlo, nos ha legado una obra sorprendente, vasta y original.
A pesar de ello,
la escritura fue la tabla de salvación de Virginia ante el naufragio de su
existencia. Pero el 28 de marzo de 1941, incapaz de hacer frente a la
desesperación que la envolvía, se puso el abrigo y despojándose de su bastón, llenó
los bolsillos de piedras y se adentró en el río Ouse, dejándose llevar por
"las aguas que corren". Antes de tomar esta trágica decisión, Virgina
dejó dos cartas, una para su hermana Vanessa y otra para su marido, Leonard
Woolf, las dos personas más importantes de su vida. Virginia cumplió así con lo
que narraba en su premonitoria obra Fin de viaje. En la carta de despedida de
su querido esposo no sólo se percibe su padecimiento, tristeza y profundo
dolor, sino también la gratitud y el gran amor que sentía hacia él. Su cuerpo
fue encontrado tres semanas después, y Leonard hizo incinerar sus restos y
esparció sus cenizas en el jardín de La Casa del Monje (Monk's House), su
propio hogar.
Virginia Woolf
creía que era necesario que cada vez hubiera más mujeres que escribieran, e
incluso llega a hacer una apología de las diferencias entre sexos: "Sería
una lástima terrible que las mujeres escribieran como los hombres, o vivieran
como los hombres, o se parecieran físicamente a los hombres, porque dos sexos
son ya pocos, dada la vastedad y variedad del mundo; ¿Cómo nos las
arreglaríamos, pues, con uno solo? ¿No debería la educación buscar y fortalecer
más bien las diferencias que no los puntos de semejanza?".
Formada como
filósofa en la universidad de La Sorbona de París, De Beauvoir se incluye entre
los grandes pensadores existencialistas del siglo XX.
La escritora
francesa publicó en 1949 un libro que todavía hoy es una obra referente dentro
del movimiento feminista.
“Este mundo ha
pertenecido siempre a los hombres”. Publicado por primera vez bajo el sello de
la editorial francesa Gallimard en 1949, así empezaba El segundo sexo,
obra esencial de la filósofa existencialista Simone de Beauvoir que
contiene en sus casi mil páginas todo lo que significó la tercera ola del
feminismo que estalló con determinación durante la segunda mitad del siglo XX.
Como en la mayoría
de seres humanos, en el relato de la vida de Simone de Beauvoir reinan las
contradicciones. Nacida el 9 de enero de 1908, su familia pertenecía a la clase
pudiente parisina aunque su situación económica era mala debido a las malas
inversiones de su padre. A pesar de estas dificultades, Simone y su hermana
recibieron una educación elitista y católica, doctrina que una joven De
Beauvoir de 15 años rechazó con convencimiento.
El fuerte
determinismo de su pensamiento liberal y de izquierdas la alejó de su familia,
especialmente de su madre y del círculo de amigos al que supuestamente
pertenecía. Pronto consiguió emanciparse y empezó estudios de filosofía y
letras en la Universidad de París, la Sorbona. Desde su etapa de estudiante de
instituto, Simone de Beauvoir destacó por su brillantez, una línea que mantuvo
durante sus estudios superiores y que le permitió convertirse en profesora.
Su primer destino
como docente fue Marsella pero, a pesar de que suponía su realización
profesional, había un inconveniente. En La Sorbona había conocido a Jean Paul
Sartre, con quien había establecido una relación amorosa, y el traslado suponía
un duro alejamiento físico. Sin embargo, los principios de libertad y
tolerancia sobre los que cimentaron su relación permitieron que ésta
durase hasta la muerte de Sartre en 1980.
Después de
Marsella vino Ruán y, a continuación, su periplo como profesora la condujo
de nuevo a París, donde siguió trabajando hasta la segunda guerra mundial (1939-1945). En 1943, un escándalo sexual que
vinculaba a la filósofa con una alumna suya precipitó el fin de su carrera
docente, aunque no el de su relación sentimental, pues las aventuras de
Sartre y de De Beauvoir fueron consentidas por ambos a lo largo de toda su vida
en común. Dos de las más importantes para ella fueron la que mantuvo durante
varios años con el escritor estadounidense Nelson Algren y con el director de
cine Claude Lanzmann, quien la acompañaría hasta su último aliento.
La siguiente etapa
vital de Simone de Beauvoir estuvo marcada por su éxito como escritora y por la
militancia política motivada por la deriva de la Segunda Guerra Mundial y sus
consecuencias. En 1943 publicó su segunda obra titulada La invitada, que
se convirtió en un gran éxito editorial y la animó a dedicarse a la
escritura a tiempo completo.
Durante la
contienda participó en programas de la radio libre de Vichy, y en 1945 fundó
junto a Sartre y Merleau-Ponty la revista política Les Temps Modernes (Tiempos
modernos), en alusión a la obra de Charles Chaplin. En sus ensayos se reafirma
como una ferviente defensora del pensamiento marxista y existencialista, y
del ateísmo como única visión del mundo espiritual.
Plenamente
dedicada a su faceta de escritora y pensadora, emprendió una serie de viajes
junto a Jean Paul Sartre que la llevarán a conocer a grandes personalidades del
siglo XX vinculadas al comunismo como Fidel Castro y el Che Guevara en Cuba o
Mao Zedong en China. Este periplo se alargaría hasta la década de 1960.
Con tres novelas y
varios ensayos recibidos con éxito por el público y la crítica, en 1949 ve la
luz una de sus obras cumbre: El segundo sexo. Publicado hace más de 70
años, las ideas que reivindica el texto siguen siendo hoy en día de plena
actualidad. “No se nace mujer, se llega a serlo”, afirma De Beauvoir en el que
se convirtió en libro de cabecera del feminismo. En él la autora explica
que el sistema ha creado una construcción social de la idea de mujer basada en
la biología, cuyos principios y diferencia entre sexos son utilizados para
justificar una supuesta debilidad femenina.
La solución pasa
por la emancipación de la mujer, con la libertad como concepto central y
directamente vinculado con el existencialismo latente en toda su obra. Y,
puesto que concluye que no hay diferencias entre géneros, no se trata de
un enfrentamiento entre sexos, sino de una igualación, de ponerse al mismo
nivel que los hombres; el punto de partida que define el movimiento
feminista que ella misma revitalizó y revolucionó.
De Beauvoir, en
línea con sus principios, no podía entender la literatura sin compromiso
político. Además de en El segundo sexo, así como en la mayoría de sus
escritos, es algo que se hace evidente en la novela Los mandarines (1954),
por la que recibió el Premio Goncourt, y que trata sobre como los intelectuales
toman partido en la nueva realidad de pos guerra.
Durante su
activismo político, se posicionó en contra del dominio colonial francés en
Argelia, de la guerra de Vietnam y participó de manera activa en las
protestas del Mayo del 68. En sus ensayos posteriores se puede identificar otro
tema central y que de nuevo lleva implícito una fuerte relación con la
filosofía existencialista como fue el acercamiento a la muerte mediante
profundos análisis (e incluso apologías) de la vejez. Son ejemplo de ello Una
muerte muy dulce (1964), La vejez (1970) o La ceremonia del
adiós (1981), este último escrito en motivo de la muerte de Sartre en
1980.
Además de tratar
temas tan polémicos para el momento como la eutanasia, Simone de Beauvoir
siguió luchando de manera activa a favor del feminismo. En 1971 apareció
como firmante de El Manifiesto de las 343, un documento compuesto por una lista
de nombres de mujeres públicas que se habían sometido a un aborto. Mediante
esta acción se pretendía reclamar el derecho al aborto, un hito que se
conseguiría cuatro años después gracias a reinvindicaciones de este tipo.
Durante los
últimos años de su vida siguió escribiendo instalada en su casa de la calle
Victor-Schœlcher, en París. Falleció el 14 de abril de 1986 a los 78 años y sus
restos fueron enterrados en el cementerio de Montparnasse. Sabía que su
muerte no iba reunirla con Sartre. “Así es.” Había afirmado, “Ya es demasiado
bonito que nuestras vidas hayan podido juntarse durante tanto tiempo.”